“Habitus” no nació de un concepto teórico, sino de uno de esos momentos extraños en los que impresiones dispersas comienzan lentamente a reunirse alrededor de una idea sin anunciarse todavía como tal.
Durante una estancia en Umbría, una canción sonaba constantemente en la radio: Che fastidio de Ditonellapiaga. Al principio apenas quedaban fragmentos — un estribillo, un tono irritado, cierta tensión social flotando bajo la superficie. Solo semanas después, ya de regreso en Viena, todo comenzó a tomar forma. Una noche, viendo casi distraídamente Affari Tuoi — uno de esos grandes programas italianos que oscilan entre espectáculo, ritual colectivo y teatro nacional — la cantante apareció actuando en directo. Y de pronto las ideas comenzaron a conectarse.
La canción describe, con una ironía afilada, una sociedad de superficies: gestos ensayados, rostros estandarizados, roles sociales convertidos en rutina. Un mundo gobernado menos por una opresión visible que por una coreografía invisible. Se participa para pertenecer. Se adapta uno para seguir siendo visible.
A partir de ahí, los pensamientos comenzaron a expandirse. Hacia las convenciones sociales. Hacia los círculos de pertenencia y las sociedades paralelas. Hacia esos ambientes refinados en los que la aceptación misma se convierte en una forma de valor. Hacia los mecanismos que determinan quién es visto, de qué manera puede mostrarse alguien y qué comportamientos son silenciosamente recompensados.
Inevitablemente apareció también Hobbes en algún momento: la vieja pregunta sobre qué estructuras son necesarias para que la convivencia humana pueda existir. Porque precisamente ahí reside la ambigüedad de estos mecanismos: el orden social no solo limita. También protege. Sin reglas compartidas, rituales y expectativas comunes, no existiría sociedad, sino únicamente fragmentación. Pero con el tiempo esas estructuras dejan de permanecer fuera de nosotros. Comienzan a inscribirse en la postura, el movimiento, el gesto y el propio cuerpo.
Paralelamente surgieron otros fragmentos culturales aparentemente lejanos entre sí. Algunas canciones de Rainhard Fendrich, por ejemplo, en las que la pertenencia social, la presión y la adaptación aparecen constantemente bajo la superficie de la vida cotidiana. La cultura pop italiana, la canción austríaca y la filosofía política comenzaron lentamente a girar alrededor de una misma tensión de fondo.
En algún momento, la serie simplemente existía.
La cinta se convirtió en su símbolo central. Al principio aparece casi protectora: algo que sostiene, ordena y mantiene unido. Poco a poco, sin embargo, su función cambia. Comienza a modelar el cuerpo, a tensarlo, a regular la visibilidad y la expresión, hasta que finalmente surge una fuerza procedente del exterior de la propia imagen: una tracción social invisible a la que la figura se entrega y al mismo tiempo se resiste.
El título Habitus hace referencia deliberadamente a la manera en que las estructuras sociales se incorporan al individuo. La sociedad no se manifiesta únicamente a través de la ropa, el lenguaje o el estatus, sino también mediante la postura, el movimiento, la tensión y la presencia corporal. El orden social no permanece fuera del cuerpo. Se convierte en parte de él.
Formalmente, la serie traduce esta tensión mediante un lenguaje visual reducido al mínimo. La luz permanece dura y direccional, las sombras densas y parcialmente impenetrables. El cuerpo nunca está completamente disponible ni del todo legible. La visibilidad no se concede de forma incondicional, sino dosificada.
Las obras individuales describen diferentes estados dentro de este paisaje social:
I — Ordo
El orden como protección y fundamento de la convivencia.
II — Forma
El cuerpo comienza a adaptarse a la forma exterior.
III — Nexus
La conexión, la dependencia y el entrelazamiento se vuelven inseparables.
IV — Silentium
La visibilidad y la expresión quedan sometidas al control.
V — Trahere
Una fuerza invisible comienza a tirar desde fuera de la imagen.
Habitus no entiende el cuerpo humano como un objeto, sino como una superficie sobre la que las estructuras sociales dejan sus inscripciones mucho antes de ser pronunciadas en voz alta.
