Parte II: ¿Desde cuándo las cosas ya no tienen que ser bellas?
Hace algunos años, después de una jornada de trabajo bastante intensa, estaba sentado en un conocido bar de cócteles de Viena intentando relajarme con un Whisky Sour. A mi lado había un cliente que, en lo de relajarse, ya me llevaba una ventaja considerable. Tenía un bolígrafo. No un bolígrafo cualquiera, como no tardé en descubrir, sino uno de 700 euros. Al poco rato no solo lo sabía yo, sino probablemente todo el que se encontrara a una distancia razonable de la barra. Sobre todo lo sabía el barman. «Mira. Ha costado 700 euros. Mira cómo escribe. Setecientos euros.» Garabateó unas palabras en una hoja de papel, le entregó el bolígrafo al barman e insistió en que también él trazara unas líneas. Tenía que sentir lo maravillosamente que aquel instrumento se deslizaba sobre el papel. El barman hizo lo que hacen los buenos barmanes en semejantes situaciones: siguió siendo amable. El hombre recuperó su bolígrafo, continuó escribiendo y, por si acaso, volvió a recordarnos que aquel extraordinario instrumento había costado 700 euros.
En algún momento cogí una hoja de papel y mi brush pen. Mucho antes de que existieran los brush pens, los pinceles ya se utilizaban para imitar los trazos modulados característicos de las escrituras realizadas con plumilla flexible, como la Copperplate y otras caligrafías afines; generaciones de rotulistas y cartelistas habían reproducido esas formas en carteles, rótulos comerciales y escaparates. Escribí el nombre del bar en tres variantes diferentes, deslicé la hoja hacia mi vecino, levanté brevemente mi rotulador de punta de pincel y dije: «2,75 euros. Tampoco escribe mal.» Debería haber fotografiado su expresión. No lo hice. Tampoco esperé una respuesta, una discusión ni, mucho menos, un elogio. Volví sencillamente a mi Whisky Sour. En aquel momento me interesaba considerablemente más que un bocazas presumiendo de una herramienta que no sabía utilizar. Dejé la hoja sobre la barra.
La historia sigue gustándome, y no solo por aquel pequeño y satisfactorio momento de malicia. Sobre aquella barra se encontraron en pocos minutos dos concepciones muy distintas del valor. Una podía cuantificarse maravillosamente: 700 euros. El precio podía mencionarse, repetirse y, en el improbable caso de que alguien no lo hubiera oído todavía, repetirse una vez más por si acaso. Mi brush pen había costado 2,75 euros. Pero comparar ambos instrumentos de escritura era, en realidad, completamente irrelevante. Si hace falta, puedo escribir con un cepillo de dientes usado y probablemente quedará bastante bien. No porque me considere un gran calígrafo. Estoy todavía a cierta distancia del nivel de un auténtico calígrafo profesional. Pero cuando el sol está bajo, hasta los enanos proyectan largas sombras. Y aquella noche, al parecer, el sol estaba muy bajo.
Una buena herramienta no sustituye la habilidad necesaria para dominarla. Uno puede comprar un bolígrafo de 700 euros, una estilográfica escandalosamente cara, la mejor cámara, el pincel más exquisito o un magnífico cuchillo de cocina. Lo que no viene automáticamente incluido en la compra es la capacidad de hacer algo bueno con ello. No es un alegato contra las buenas herramientas. Me encantan las buenas herramientas. Pueden ser más precisas, adaptarse mejor a la mano, funcionar con mayor fiabilidad y facilitar considerablemente el trabajo. Cuanto mejor se domina un oficio, más probable es que se aprecien precisamente esas diferencias. Pero la herramienta no puede sustituir el dominio del oficio. A la inversa, una mano entrenada puede conseguir resultados sorprendentes incluso con una herramienta inadecuada; si hace falta, con un cepillo de dientes usado. La diferencia aquella noche no estaba, por tanto, entre 700 euros y 2,75 euros. Estaba en los años anteriores. El rotulador costó 2,75 euros. El trazo costó práctica. Y la práctica cuesta tiempo.
Así volvemos a la pregunta de la primera parte. Allí hablaba de la escritura a mano y de cómo la belleza ha ido pasando de ser una expectativa educativa casi evidente a convertirse en un añadido voluntario. Pero la pregunta puede ampliarse: ¿desde cuándo las cosas ya no tienen que ser bellas? No me refiero en absoluto a la habitual lamentación de que antes todo era más bonito, mejor y estaba hecho con mayor solidez artesanal. Eso es absurdo. Las generaciones anteriores construyeron suficientes edificios horrendos, fabricaron suficientes muebles malogrados y dejaron suficientes manuscritos como para sospechar que sus autores estaban escribiendo, montando a caballo e intentando apagar un pequeño incendio doméstico al mismo tiempo. Nuestro presente tampoco es un desierto estético. Existe excelente arquitectura contemporánea, magnífico diseño de producto, maravillosa tipografía y hay personas que ejercen sus oficios a un nivel extraordinario. Tal vez, por tanto, no hayamos perdido la belleza. Tal vez lo que hayamos perdido sea la expectativa de que la belleza forme parte de manera natural de la calidad.
Naturalmente, un objeto puede ser bello. Puede ser bella una casa, una silla, una página web, una carta de restaurante, un bolígrafo e incluso un formulario de Hacienda. Pero una vez que el objeto cumple su función, parece que su justificación esencial ya está dada. La ventana deja entrar la luz, la silla sostiene a una persona, la escritura es legible, la página web se puede utilizar y el formulario fiscal presumiblemente cumple alguna finalidad que hasta ahora se me ha escapado. La belleza puede añadirse. Es bienvenida mientras no cueste demasiado, no complique la producción ni consuma innecesariamente tiempo. No ha desaparecido. Ha pasado de ser una exigencia de calidad que se daba por sentada a convertirse en un posible añadido. Como en la escritura a mano: de algo que debería estar ahí a algo que puede estar ahí.
Llegados a este punto podríamos sentar en el banquillo a Adolf Loos, la Bauhaus y toda la modernidad y afirmar que ahí empezó el desastre. Sería cómodo e históricamente bastante injusto. La modernidad no decidió simplemente abolir la belleza. Más bien se preguntó de dónde podía surgir la belleza cuando se renunciaba al ornamento heredado. Un edificio sin ornamentos en Loos no es automáticamente un edificio diseñado con indiferencia; cuando desaparece la guirnalda decorativa, la proporción, el material, la superficie y el espacio adquieren todavía más importancia. Algo semejante ocurre con la Bauhaus. El color, la tipografía, la proporción, el material y la construcción no perdieron importancia, sino que se convirtieron en objeto de una intensa actividad de diseño. Quizá la idea de que la belleza no necesita ornamento se transformó más tarde con demasiada facilidad en la idea, mucho más cómoda, de que la belleza misma no es necesaria mientras algo funcione. Pero una cosa no se deriva de la otra. Se puede eliminar la decoración y después pasar muchísimo tiempo pensando cómo deberían ser las tres líneas que quedan.
La famosa silla vienesa de café n.º 14 de Michael Thonet lo demuestra incluso antes de la modernidad clásica. Presentada en 1859, estaba compuesta por solo seis elementos principales de madera y concebida para una producción racional en serie. Su construcción ofrecía además una sorprendente ventaja logística: 36 sillas desmontadas, incluidos sus elementos de unión, podían transportarse en una caja de un metro cúbico y montarse únicamente en el lugar de destino. La racionalización afectaba, por tanto, al material, la fabricación y el transporte, no a la renuncia al diseño. Su respaldo curvado y su forma reducida son precisamente parte de aquello que la ha hecho reconocible hasta hoy. Funcionalidad, producción industrial y ambición estética no se contradecían. Gerrit Rietveld llevó después la reducción mucho más lejos con su Zig-Zag Chair: pocos planos, pocos ángulos, ninguna pata de silla convencional. Se puede discutir cuánto tiempo apetece realmente permanecer sentado en ella. Resulta más difícil afirmar que nadie pensara en su forma. Precisamente porque queda tan poco, cada línea adquiere importancia. La reducción no es ausencia de diseño. Puede incluso intensificarlo.
Quizá, por tanto, no tengamos demasiada funcionalidad. Quizá simplemente confundamos dos afirmaciones que suenan parecidas pero significan cosas completamente distintas. La primera dice: un objeto debe funcionar. Hay poco que objetar. La segunda dice: si un objeto funciona, ya es suficientemente bueno. Ahí empieza mi incomodidad. “Suficientemente bueno” ahorra tiempo, dinero, esfuerzo y probablemente, de vez en cuando, también nervios. Para muchas cosas de la vida cotidiana es, efectivamente, más que suficiente. Tal vez solo deberíamos evitar confundirlo con calidad.
Por eso, para mí, el enemigo natural de la belleza no es la función, sino el esfuerzo. La belleza no exige necesariamente más material ni material más caro. A menudo exige sobre todo atención, habilidad y tiempo. Una frase escrita caligráficamente no contiene más información semántica que la misma frase compuesta en una tipografía estándar. Un picaporte cuidadosamente proporcionado abre la misma puerta que uno feo. Si definimos la función de manera suficientemente estrecha, el esfuerzo adicional resulta difícil de justificar desde un punto de vista funcional. Y, sin embargo, la gente percibe la diferencia. Quizá no siempre de manera consciente y quizá no todos en la misma medida. Pero evidentemente con suficiente frecuencia como para que conservemos, contemplemos e incluso protejamos objetos cuyo valor de uso original desapareció hace mucho tiempo.
Lo experimento una y otra vez con algo absolutamente banal: las servilletas de papel. Cuando he comido especialmente bien en un restaurante y la cocina o el servicio me han dado una alegría particular, de vez en cuando escribo unas palabras en una servilleta. No simplemente con bolígrafo, sino caligráficamente. Una servilleta de papel es un material bastante ingrato para ello. Es absorbente y no está hecha para proporcionar un hogar civilizado a una plumilla o un brush pen. Si se presiona demasiado, se rompe; si uno se detiene demasiado en un punto, absorbe la tinta y lo agradece con una mancha. Hay que negociar con el material. Naturalmente sería mucho más sencillo escribir «Gracias, excelente» con un bolígrafo. Transmitiría exactamente la misma información.
Curiosamente, sin embargo, una servilleta así no siempre termina donde suelen acabar las servilletas de papel después de una comida. Más de una vez he vuelto años después a un restaurante y el propietario ha sacado una vieja servilleta: «Esto era suyo, ¿verdad?» Algunas habían sido plastificadas o protegidas de otra manera; otras habían pasado años en un cajón y su aspecto daba fe de ello. En uno de nuestros restaurantes chinos preferidos, Asia Garten, una de mis servilletas escritas a mano llegó incluso a aparecer entre las fotografías de su página web. El material casi no vale nada, su finalidad original terminó hace mucho y el contenido informativo de aquellas pocas palabras es modesto. Y, sin embargo, se conserva.
Cuando un restaurante ha sido especialmente bueno, a veces escribo incluso en un plato. Por si mis estimadas lectoras y mi apreciado lector se preguntan ahora cómo consigo platos ajenos, limpios y sin usar: en los hoteles con desayuno buffet no representa un gran desafío logístico. En los restaurantes simplemente lo pido. «Ya no tengo tanta hambre. Tráigame, por favor, únicamente un plato vacío.» Esto provoca con gran fiabilidad miradas de desconcierto pero, sorprendentemente, muy pocas preguntas. Después escribo en él. Naturalmente aclaro que la escritura se puede lavar sin ningún problema. Sorprendentemente, muchas veces no la lavan. El plato se guarda o se coloca en algún lugar. Materialmente apenas le he añadido nada: un poco de tinta, unos minutos de trabajo y algunos movimientos de la mano. Al parecer, su nuevo valor surge en otra parte.
Quizá sea la atención hecha visible. Podría haber dicho simplemente gracias. Eso lo hago de todos modos. Pero cuando aliso una servilleta, o consigo un plato vacío falseando ligeramente el estado de mi apetito, e intento convertir unas pocas palabras en algo bello, ocurre algo diferente. La belleza añadida no transmite ninguna información objetiva adicional. Muestra que alguien ha dedicado tiempo a algo aunque no fuera necesario. Tal vez eso sea parte de lo que percibimos como agradecimiento: el valor no reside únicamente en el resultado, sino también en la atención que alguien ha invertido voluntariamente en él.
Una vez, en Berlín, esto se me hizo especialmente evidente. Estaba allí por trabajo y desayunaba en mi hotel. El servicio de desayuno era excepcional: amable, atento y al mismo tiempo organizado con tal precisión que todo funcionaba como una máquina bien engrasada. Escribí en una servilleta, más o menos, un agradecimiento al equipo de desayuno por su magnífico trabajo. En cuanto al contenido, nada extraordinario. Después volví a mi periódico y observé casi por casualidad cómo una empleada recogía la mesa y descubría la servilleta. Se le iluminó la cara. Se la enseñó a una compañera, después a otra persona. De pronto había varias personas sonriendo ante un trozo de papel que pocos minutos antes estaba destinado a limpiarse la boca.
Me marché antes de que aquello pudiera convertirse en una conversación. No por descortesía, sino porque no escribo esas cosas para que después me elogien por haber elogiado a alguien. Quería dar las gracias. Para mí, ahí terminaba el asunto. Más tarde, mientras me preparaba en la habitación para una cita de trabajo, llamaron a la puerta. Una empleada del servicio estaba allí con una bandeja: algo de fruta y una botella de Prosecco. Todo eran cosas que simplemente habían sobrado del buffet del desayuno. Nada caro, nada comprado especialmente para mí, nada extraordinario. Sencillamente habían cogido lo que quedaba, lo habían colocado en una bandeja y me lo habían llevado a la habitación. El equipo quería darme las gracias.
Y precisamente eso fue lo que me conmovió. No el Prosecco ni la fruta. Yo les había dejado un trozo de servilleta escrita cuyo valor material era prácticamente nulo. Ellos me llevaron cosas del buffet que de todos modos habían sobrado. Su valor material también era modesto. Y, sin embargo, a ambos lados objetos casi sin valor se habían convertido de repente en portadores de agradecimiento. Yo les había dado las gracias y ellos me daban las gracias por haberles dado las gracias. Si uno contempla el agradecimiento exclusivamente según criterios funcionales o materiales, es un circuito bastante absurdo. Para mí fue uno muy bello.
Quizá simplemente el oficio había reconocido al oficio. El tiempo había reconocido al tiempo. Yo había visto que aquellas personas no se limitaban a hacer su trabajo, sino que lo hacían bien. Y ellos habían visto que yo no me había limitado a cumplir con el trámite de dar las gracias. Nadie tenía que hacer nada de aquello. El desayuno habría transcurrido exactamente igual sin mi servilleta, las sobras del buffet probablemente habrían seguido otro camino sin aquella bandeja y yo habría ido a mi cita exactamente igual sin el Prosecco. Todo era completamente innecesario. Precisamente por eso tenía significado.
Lo mismo ocurre con la escritura en mi trabajo fotográfico. Escribo repetidamente directamente sobre cuerpos. Desde el punto de vista caligráfico, el cuerpo humano es una superficie extraordinariamente ingrata. No es plano, respira, se mueve, tiene poros, pliegues y tensiones diferentes y, de vez en cuando, posee la insolente costumbre de cambiar de forma precisamente allí donde estoy intentando trazar una línea. Con una buena plumilla flexible sobre un papel adecuado podría escribir con mucho mayor control. En el ordenador podría componer la escritura de forma perfectamente limpia, colocarla después sobre el cuerpo, deformarla y corregirla hasta que cada trazo estuviera exactamente donde debería. Sería más perfecta. Simplemente no sería lo mismo.
Cuando escribo sobre un cuerpo, la escritura se convierte en parte de ese cuerpo y en parte del proceso del que nace la imagen. La línea tiene que enfrentarse a la anatomía. Recorre una curva, desaparece del plano, cambia con el movimiento y, en algún momento, deja de ser únicamente texto para convertirse en forma. La pequeña imperfección forma parte de ello. No quiero simular una perfección tipográfica. Me interesa la huella de una acción. Naturalmente se podría prescindir de todo eso. Precisamente por eso lo hago.
Y aunque llevo años escribiendo escrituras históricas, trabajando con plumilla flexible, plumilla de punta ancha, pincel y brush pen y, si hace falta, podría utilizar realmente un cepillo de dientes usado, actualmente recibo clases de una calígrafa. No porque mi escritura no cumpla su función, sino porque quiero mejorar. Nadie necesita métodos arqueológicos para descifrar mis notas y mis habilidades caligráficas son desde hace tiempo suficientes para mi trabajo fotográfico. Hasta ahora también han bastado para alguna demostración ocasional de que el precio de compra de una herramienta y el dominio de esa herramienta son dos cosas distintas. Según criterios puramente funcionales, por tanto, no existe ninguna necesidad urgente de mejorar. Pero función y calidad no son lo mismo.
Quizá sea en este punto donde se encuentran las dos partes de esta reflexión. No hemos perdido la belleza. Seguimos siendo capaces de reconocerla y reaccionamos cuando nos encontramos con un objeto bello, un trabajo bien ejecutado o incluso unas pocas palabras escritas con cuidado. Lo que quizá haya cambiado sea la expectativa. Primero preguntamos si algo funciona y solo después si puede ofrecer algo más. La belleza tiene que justificarse. El tiempo tiene que justificarse. El oficio tiene que justificarse. Y si la alternativa funcional es más rápida y más barata, de pronto aparece la pregunta de por qué deberíamos molestarnos en hacer ese esfuerzo adicional.
Mi respuesta no es especialmente complicada. Porque “funciona” y “está bien hecho” no son lo mismo. Porque una persona puede desarrollar habilidades que no tienen una utilidad práctica inmediata y que, sin embargo, enriquecen nuestra vida. Porque la atención puede manifestarse precisamente en aquello que no habría sido necesario hacer. Porque una servilleta de papel a veces se conserva durante años aunque su valor material sea prácticamente nulo. Porque una silla producida industrialmente puede ser a la vez racional y bella. Porque unas pocas palabras escritas con cuidado pueden hacer sonreír a alguien. Y porque, de vez en cuando, deberíamos hacer algo bien no porque sea estrictamente necesario, sino porque somos capaces de hacerlo.
Naturalmente, también se podría prescindir de ello. Solo que “también se podría prescindir de ello” no es una definición especialmente interesante de la calidad.
