Cuando el mundo aún era legible

Hace algunos años me encontraba frente a la Catedral de San Esteban de Viena con un grupo de amigos. La idea era detenernos unos minutos, echar un vistazo y continuar nuestro camino. Una hora y media más tarde seguíamos allí. No porque la catedral fuera especialmente grande ni porque hubiera tantos datos históricos que contar. En algún momento mi esposa tuvo que recordarme que teníamos una reserva para cenar. La razón de aquella demora era otra: la catedral había comenzado a hablar.

Lo que para la mayoría de los visitantes es un edificio impresionante, para mí suele parecerse a un texto. Un texto compuesto de piedra, colores, proporciones, figuras y símbolos. Quien conoce su lenguaje descubre capas de significado que van mucho más allá de la arquitectura. Es una experiencia que encuentro una y otra vez, tanto en Viena como en Umbría. Las personas observan un símbolo ante el que han pasado durante años sin prestarle verdadera atención. Luego conocen algo de su significado y, de repente, su mirada cambia. Un adorno se convierte en un mensaje. Un detalle decorativo se transforma en un pensamiento. Por un instante parece que una lengua olvidada vuelve a hacerse audible.

Quizá esta sea una de las razones por las que el Simbolismo de finales del siglo XIX me resulta tan fascinante. Cuando surgió este movimiento artístico, Europa ya había recorrido un largo camino. La Ilustración había colocado la razón en el centro del conocimiento. La ciencia explicaba el mundo con una precisión cada vez mayor. La industrialización transformaba la vida cotidiana a una velocidad jamás vista. El ferrocarril, la electricidad, la fotografía y la tecnología moderna parecían capaces de responder a cualquier pregunta. El arte también había reaccionado a estos cambios. El Realismo mostraba el mundo tal como era. El Impresionismo lo mostraba tal como aparecía. Pero para algunos artistas aquello ya no era suficiente.

Los simbolistas formularon una pregunta distinta. No querían saber cómo era el mundo, sino qué significaba. Un árbol ya no era simplemente un árbol. Una rosa era algo más que una flor. El agua era algo más que una sustancia física. Todo podía convertirse en portador de una experiencia que escapaba a la representación directa. La soledad, el anhelo, la memoria, la mortalidad, el miedo, la esperanza o el misterio mismo de la existencia podían expresarse a través de formas simbólicas. Por eso islas, espejos, ruinas, bosques, superficies de agua, máscaras y paisajes oníricos pueblan tantas obras simbolistas. Su intención no era contar historias ni describir la realidad. Querían evocar estados interiores y resonancias emocionales. Sus imágenes estaban destinadas a ser vividas antes que comprendidas.

Cuanto más reflexiono sobre el Simbolismo, más me parece uno de los últimos grandes intentos de Europa por preservar una capacidad que se estaba perdiendo. Durante siglos el mundo no solo era visible: era legible. Iglesias, ciudades, jardines e incluso los objetos cotidianos estaban llenos de significado. Animales, plantas, colores y formas geométricas formaban un lenguaje simbólico comprendido por amplias capas de la población. Un león no era simplemente un animal. Un manantial no era simplemente agua. Un jardín no era simplemente naturaleza cultivada. Las personas habitaban un mundo tejido de signos que les ayudaban a comprender la realidad y su lugar dentro de ella.

Hoy nuestra relación con las imágenes ha cambiado profundamente. Nunca en la historia se habían producido tantas imágenes. Nunca habían sido tan perfectas desde el punto de vista técnico. Y, sin embargo, parece que nuestra capacidad para leer las imágenes como portadoras de significado disminuye cada vez más. Vemos más que cualquier generación anterior. Pero ¿comprendemos realmente más?

Esta pregunta me acompaña desde hace muchos años, no solo como fotógrafo, sino también a través de mi interés por el simbolismo. Quien dedica tiempo al estudio de la simbología comparada se encuentra con un fenómeno sorprendente. Ciertas formas, imágenes y motivos reaparecen constantemente. Agua, árbol, cueva, montaña, círculo, serpiente, rosa o rombo aparecen en culturas que tuvieron poco o ningún contacto entre sí. Las explicaciones son diversas. Algunos investigadores hablan de estructuras arquetípicas de la conciencia humana. Otros señalan experiencias compartidas que conducen de manera natural a la aparición de símbolos semejantes. Sea cual sea la explicación preferida, la observación sigue siendo fascinante.

Algunos símbolos parecen comprenderse mucho antes de ser explicados.

Quizá ahí resida su verdadera fuerza. La mayoría de las personas hoy apenas conocen las tradiciones simbólicas asociadas al agua. No saben nada de los manantiales como umbrales entre mundos, de los ríos que separan la vida de la muerte o de las innumerables tradiciones que relacionan el agua con la transformación, la feminidad, el nacimiento y la renovación. Y sin embargo, muchas personas siguen sintiendo algo profundo al contemplar un lago silencioso o el mar abierto. La interpretación cultural puede haberse perdido. La experiencia permanece.

Lo mismo sucede con muchos otros símbolos. Sobreviven no porque sus significados se conserven conscientemente, sino porque las experiencias humanas de las que surgieron continúan existiendo. Los símbolos hablan a algo que se encuentra más allá del conocimiento.

Su forma de actuar es peculiar. Los símbolos rara vez se dirigen directamente a la mente analítica. Más bien hacen resonar una capa de experiencia situada por debajo de la interpretación consciente. Mucho antes de empezar a analizar una imagen en términos de composición, iluminación o estructura formal, ya hemos reaccionado emocionalmente a ella. Algo nos atrae, nos inquieta, nos fascina o se niega a abandonarnos. Tal vez la verdadera fuerza de un símbolo resida precisamente en esto. Genera resonancia antes de generar comprensión. Funciona menos como una definición y más como un diapasón que pone algo dentro de nosotros en vibración.

Cuanto más pienso en ello, menos me parece un símbolo un mensaje cifrado. Un símbolo no es una ecuación. El agua no significa simplemente emoción. La rosa no significa simplemente amor. El rombo no significa simplemente feminidad. Los verdaderos símbolos abren campos de significado en lugar de cerrarlos. Reúnen experiencias, recuerdos y asociaciones en formas que contienen más de lo que el lenguaje puede expresar adecuadamente. Quizá esto explique por qué los símbolos siguen vivos en el arte. Su significado no depende del conocimiento intelectual. Hablan a experiencias que preceden a toda explicación.

Esto me lleva a una pregunta que me acompaña como fotógrafo. ¿Cómo pueden seguir afectándonos las imágenes cuando el lenguaje simbólico que una vez las sostuvo ha sido en gran parte olvidado? Según la lógica, muchas obras deberían fracasar. Si una imagen solo funcionara cuando su simbolismo se comprende conscientemente, gran parte de la historia del arte se habría vuelto inaccesible. Nadie se conmovería ante una catedral gótica. Nadie se detendría frente a La isla de los muertos de Böcklin. Nadie sentiría todavía la presencia de un fresco medieval. Y, sin embargo, sucede exactamente lo contrario.

Quizá por eso no busco símbolos en un sentido estricto cuando creo fotografías. Lo que busco es cierta fuerza que poseen algunas imágenes. Llega un momento en el proceso creativo en el que la pregunta deja de ser si una fotografía está técnicamente lograda. La verdadera pregunta es otra: ¿sostiene algo? ¿Hay una presencia en ella? ¿Posee esa cualidad difícil de describir que me atrae de inmediato, mientras que otras imágenes permanecen extrañamente vacías a pesar de su perfección técnica?

Tal vez esta sea también la razón por la que los símbolos siguen interesándome. No porque quiera ilustrar sus significados, sino porque han servido durante miles de años como recipientes de experiencia humana. La Sheela-na-gig, la rosa, la escritura sobre el cuerpo, la luz y la sombra o los motivos de mi serie Elementa no me interesan como citas históricas. Me interesan como condensaciones de experiencia. Señalan algo más grande que cualquier explicación individual.

Quizá esta sea la vigencia permanente del Simbolismo. Sus artistas no intentaban explicar el mundo. Intentaban abrir espacios dentro de él. Querían crear imágenes que siguieran resonando mucho después de haber sido vistas. Imágenes que tocaran algo antes de ser comprendidas. Tal vez esto siga siendo cierto hoy.

No es el significado lo que crea el impacto.

Quizá sea el impacto lo que despierta el deseo de significado.

Y quizá la tarea del arte no sea reproducir el mundo ni explicarlo. Quizá su tarea sea volver legible algo que creíamos conocer desde siempre. Los símbolos tal vez no sean respuestas procedentes de un pasado olvidado. Tal vez sean huellas de experiencias humanas que continúan existiendo bajo la superficie del pensamiento consciente. Quizá por eso siguen hablándonos, incluso cuando ya no recordamos su lenguaje.

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