La única fotografía

¿Cuántas fotografías tienen de su madre? ¿De su padre? ¿De sus hijos?

Probablemente cientos, quizá incluso miles. La mayoría no volverán a mirarlas nunca de manera consciente. Y, sin embargo, su mera existencia nos tranquiliza. Sabemos que están ahí. Cuando deseamos recordar, podemos buscarlas en cualquier momento. Se han convertido en una parte silenciosa de nuestra vida.

Ahora imaginen que tuvieran una sola fotografía.

No la más hermosa. No la mejor desde el punto de vista técnico. Sencillamente, la única. Una imagen que debe conservar todo cuanto queda de una persona amada.

Hay fotografías que hoy nos perturban. No porque sean crueles, sino porque proceden de un mundo cuya realidad apenas podemos comprender. Quien contempla fotografías históricas del siglo XIX acaba encontrándose, tarde o temprano, con imágenes de niños fallecidos. Cuidadosamente vestidos, acostados con delicadeza, sostenidos en brazos de su madre o rodeados por su familia.

Desde nuestra perspectiva, estas fotografías pueden parecernos extrañas, incluso inquietantes. Pero si las juzgamos únicamente según los criterios de nuestro tiempo, no comprenderemos su verdadero significado.

Nosotros tendemos a ver la muerte en esas fotografías.

Los padres que entonces posaban ante la cámara veían algo completamente distinto.

Veían a su hijo.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, la fotografía era cara y seguía siendo un lujo para muchas familias. Al mismo tiempo, la mortalidad infantil era aterradoramente elevada. Enfermedades contra las que hoy vacunamos o que pueden tratarse con medicamentos relativamente sencillos se cobraban entonces innumerables vidas.

Muchos niños morían antes de que sus padres hubieran pensado siquiera en acudir a un fotógrafo. Para algunas familias, la primera imagen de su hijo solo se realizaba después de su muerte.

Y era también la última.

En ese contexto surgió la llamada fotografía post mortem. Cuando un niño moría, en ocasiones se llamaba a un fotógrafo. El cuerpo era lavado, vestido con esmero y colocado dignamente. A menudo ni siquiera se intentaba ocultar la muerte. Había algo mucho más importante: conservar el rostro del niño.

Estas fotografías no nacían de una fascinación morbosa por la muerte. Nacían del amor. Eran el intento desesperado de arrebatarle a la fugacidad, al menos, un pequeño fragmento de memoria.

En torno a estas imágenes históricas siguen circulando numerosas historias. Una de las más conocidas afirma que el niño fallecido era con frecuencia el único miembro de la familia que aparecía completamente nítido, porque no se movía durante el largo tiempo de exposición. Existen, en efecto, fotografías que producen esa impresión.

Sin embargo, los adultos también eran estabilizados mediante soportes ocultos para la cabeza o colocados deliberadamente en posturas inmóviles para evitar el desenfoque por movimiento. Por tanto, ese efecto podía producirse, pero no era en absoluto la regla.

De todos modos, el detalle técnico es secundario. Detrás de cada una de estas fotografías había padres que amaban a su hijo con la misma intensidad con la que los padres aman hoy a los suyos.

Podría pensarse que esta forma de fotografía desapareció hace mucho tiempo. En realidad, sigue existiendo. También hoy se realizan imágenes en algunas de las circunstancias más dolorosas que puedan imaginarse. Actualmente se habla de fotografía de duelo perinatal, fotografía de recuerdo o, en algunos contextos internacionales, de bereavement photography.

En los países de habla alemana existe el término Sternenkinder, literalmente «niños de las estrellas», para referirse a los niños que mueren durante el embarazo, en el parto o poco después de nacer. En español no existe un término completamente equivalente y de uso generalizado. Se habla normalmente de muerte gestacional, muerte perinatal o muerte neonatal.

Para los padres, en ese instante se derrumba un mundo entero.

No termina solamente una vida. Con ese niño desaparecen también proyectos, cumpleaños, primeros días de escuela, Navidades, vacaciones y todos esos pequeños momentos cotidianos que jamás llegarán a suceder. No es únicamente la despedida de una persona. Es también la despedida de un futuro que apenas había comenzado.

Y precisamente en ese momento, a veces, entra un fotógrafo en la habitación.

Siento un profundo respeto por las mujeres y los hombres que asumen esta tarea. No acuden para crear arte. Tampoco para obtener imágenes perfectas. Acuden porque saben el significado que una sola fotografía puede llegar a tener algún día.

Deben trabajar con absoluta seguridad técnica y, al mismo tiempo, volverse casi invisibles. Deben percibir cuándo una palabra puede consolar y cuándo el silencio resulta más compasivo. Deben saber moverse dentro de una habitación de hospital sin convertir el dolor en una producción fotográfica.

Probablemente existan pocas tareas fotográficas que exijan una sensibilidad mayor.

En España, la asociación Umamanita trabaja desde hace años para apoyar a las madres, los padres y las familias que atraviesan una muerte gestacional, perinatal o neonatal. También se esfuerza por humanizar la atención hospitalaria y por garantizar que las familias puedan conservar fotografías, huellas de manos y pies, prendas y otros recuerdos relacionados con su hijo.

La organización defiende que todos los padres deberían tener la posibilidad de conservar fotografías de su bebé. Incluso cuando en ese momento no se sienten capaces de verlas o recibirlas, sería importante que el hospital pudiera guardarlas para que las solicitaran más adelante.

Umamanita también distribuye cajas de recuerdos en hospitales españoles. Estas pueden contener fotografías, huellas, pequeños objetos y materiales informativos. Su finalidad no es obligar a las familias a recordar de una manera determinada, sino ofrecerles la posibilidad de conservar aquello que ellas mismas consideren importante.

En España, la fotógrafa y psicóloga Norma Grau, fundadora del Proyecto Stillbirth, también ha contribuido de manera decisiva a visibilizar el valor de estas imágenes. Durante años fotografió a padres que habían perdido a sus hijos y que no disponían de ninguna fotografía tomada en el hospital. Más tarde pudo acompañar directamente a una familia durante la despedida de su hija en un hospital de Barcelona.

Su trabajo parte de una idea esencial: no se trata de fotografiar la muerte, sino de conservar el amor y el vínculo que existieron.

A diferencia de otros países, en España todavía no parece existir una red nacional de fotógrafos voluntarios que pueda acudir de manera sistemática a hospitales y hogares. En el Reino Unido, la organización Remember My Baby ofrece este servicio de forma gratuita. En Estados Unidos y otros países trabaja Now I Lay Me Down to Sleep. En los países de habla alemana, la fundación Dein Sternenkind coordina a cientos de fotógrafos voluntarios.

Las estructuras son distintas, pero la finalidad es la misma: conservar los primeros y, al mismo tiempo, los últimos momentos que una familia puede compartir con su hijo.

Hay una idea que me ha conmovido especialmente.

Cuando las fotografías terminadas son entregadas a los padres, nadie puede esperar que las miren de inmediato. Algunos desean volver a ver a su hijo cuanto antes. Otros no pueden hacerlo. El dolor es demasiado intenso y la pérdida demasiado reciente.

Las imágenes pueden permanecer cerradas dentro de un sobre, guardadas en un cajón o en un armario durante meses, quizá incluso durante años. Solo cuando los padres encuentran la fuerza necesaria vuelven a ellas y abren ese sobre.

Y entonces no están mirando simplemente una fotografía.

Están encontrándose con su hijo.

Quizá esa sea precisamente la razón por la que estas imágenes pueden adquirir tanta importancia durante el proceso de duelo. La memoria necesita anclas. Una canción. Un aroma. Un lugar. O una fotografía.

La imagen no puede hacer desaparecer el dolor. No puede devolver la vida ni recuperar el futuro perdido. Pero puede impedir que un rostro se desvanezca lentamente en la memoria. Puede dar a los padres la certeza de que los rasgos de su hijo no serán borrados por el paso del tiempo.

Como fotógrafos, pasamos innumerables horas pensando en cámaras, objetivos, iluminación y composición. Sin embargo, en estas fotografías todo eso pierde importancia. La seguridad técnica sigue siendo necesaria, pero la perfección técnica resulta irrelevante. La originalidad artística es irrelevante. El estilo personal, la ambición y el reconocimiento son irrelevantes.

Aquí solo importa el ser humano.

El amor. La memoria. Y el profundo deseo de conservar al menos un instante que, de otro modo, el tiempo se llevaría para siempre.

Quizá esa sea la verdadera función de la fotografía.

No producir imágenes hermosas. No capturar momentos espectaculares. Sino oponer algo al olvido.

Una persona continúa viviendo mientras alguien la recuerde. A veces nos ayuda una canción. A veces, una historia. Y a veces es una única fotografía, guardada dentro de un sobre cerrado, esperando el día en que alguien encuentre la fuerza para abrirlo.

No para conservar la muerte.

Sino para contar que ese niño existió.

Que fue amado.

Y que nunca debe ser olvidado.

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