Hay temas que acompañarán a la estimada lectora y al apreciado lector aquí con una cierta obstinación, casi como aquel célebre ceterum censeo del viejo Catón, que regresaba con una constancia casi litúrgica sin importar cuál fuera realmente el asunto de su discurso. Uno de esos temas recurrentes, al parecer, es la fotografía de desnudo.
Y quien entra aquí puede, para citar a Dante, abandonar toda esperanza de no volver a encontrarse nunca más con este asunto.
Bien, el momento de pedantería culta puede descansar por ahora, y podemos llegar al verdadero punto.
Cuando alguien descubre que fotografío desnudos, las reacciones suelen moverse sorprendentemente entre la indignación, la incomprensión, cierto espanto y una especie de desconcierto silencioso. No pocas veces se activa lo que, con los años, solo puedo describir como un reflejo de mordida. Dependiendo de la situación, me resulta divertido o simplemente agotador. Naturalmente, esto no se aplica cuando se trata de personas cercanas a mí. Ahí la conversación es distinta: más seria, más profunda y bastante menos teatral.
Una escena especialmente ilustrativa ocurrió una vez durante una cena de negocios en Suiza. Me preguntaron, con un tono casi acusador, por qué fotografiaba exclusivamente mujeres jóvenes y bellas. Desde una perspectiva feminista, aquello debía de ser problemático, si no directamente inaceptable.
Bueno.
Saqué el móvil y mostré mi antiguo portafolio en Fotocommunity. La mujer de mayor edad que aparecía allí tenía sesenta y cinco años. La más pesada pesaba, oficialmente, ciento treinta kilos. Y todas estaban fotografiadas de manera hermosa.
No en el sentido de filtros artificiales de belleza ni de una estética impostada, sino en el sentido de que su presencia, su carisma y su personalidad se volvían visibles. Los comentarios debajo de aquellas imágenes eran siempre respetuosos, admirativos y, muchas veces, sinceramente conmovedores.
También dentro del universo de Artis Umbrae existe una modelo bastante más allá de los cincuenta. Si alguna vez llega a leer este artículo: mis saludos más sinceros y mi auténtica reverencia por lo que fue capaz de ofrecer delante de la cámara. Espero profundamente que podamos realizar muchos más proyectos juntos.
Precisamente por eso, hay algo que para mí es fundamental: en mi trabajo resulta completamente irrelevante si existe una llamada figura ideal, cuántos años tiene una modelo o si la gravedad, con el paso de los años, ha realizado su trabajo con admirable disciplina y ciertas partes del cuerpo ya no se encuentran exactamente donde el canon dominante de belleza preferiría situarlas.
La perfección es aburrida. No me interesa la superficie normativizada. Me interesan la presencia, la inteligencia, el carisma y la capacidad de hacer visibles ideas a través de la pose, la postura, la expresión y esas capas finísimas de microexpresión que hacen que una imagen respire. Yo no fotografío el número de la báscula por la mañana ni el número que aparece en un documento de identidad.
Esos números no están delante de mi cámara. Delante de mi cámara hay una persona. Un rostro. Un cuerpo. Una actitud. Una historia.
Tal vez ahí se encuentre también el sentido más profundo del retrato. No tanto en una etimología estricta, sino en su verdadera función: hacer visible aquello que normalmente permanece oculto. El latín protrahere —sacar a la luz, hacer emerger, volver visible— describe muy bien este proceso. No simplemente representar, sino revelar.
No es casualidad que una de mis series lleve precisamente ese título. No me interesa la superficie como envoltorio decorativo, sino aquello que se vuelve perceptible debajo de ella: presencia, tensión, personalidad.
Para mí, la fotografía funciona cuando no confirma la superficie, sino cuando hace visible a la persona.
Vale la pena dar aquí un pequeño paso atrás en la historia. No hace tanto tiempo, las personas que no encajaban en el ideal corporal dominante o, en general, en la norma social, eran exhibidas públicamente como curiosidades. En los panópticos y espacios de entretenimiento del siglo XIX y principios del XX, personas con enanismo, personas con particularidades físicas visibles y, especialmente, mujeres con sobrepeso importante eran mostradas como atracciones. También el célebre Prater de Viena conoció este tipo de espectáculo. Una figura especialmente conocida fue la llamada “Prater-Mitzi”, convertida en símbolo de esa mirada voyeurista que reduce a una persona a curiosidad pública en lugar de reconocer su dignidad privada.

Precisamente por eso, la dignidad en la fotografía no es para mí una opción. No puede ser un simple “quizá debería ser así”. Es una condición previa.
Tal vez ahí resida también el verdadero desafío de fotografiar a personas que no encajan en los ideales dominantes de juventud y belleza. Porque es ahí donde se ve con mucha rapidez si la cámara se convierte en un instrumento de dignidad o si simplemente reproduce la misma vieja mirada que reduce a las personas a desviación, espectáculo o clasificación numérica.
A mí me interesa exactamente lo contrario. No la desviación de una norma. No el espectáculo. No lo supuestamente extraordinario. Me interesa la persona.
Un cuerpo que no corresponde a los estándares mediáticos no es un problema que la imagen deba resolver. No es un defecto que deba ocultarse. Es un cuerpo con historia, presencia, expresión y personalidad.
Tal vez sea precisamente esa dignidad lo que una buena fotografía debe hacer visible. Tal vez ahí se encuentre exactamente el punto en el que la fotografía se convierte en algo más que una simple representación.
La buena fotografía comienza donde los números pierden su poder. Donde delante de la cámara no están el peso, la edad o las medidas, sino la dignidad, la presencia y la personalidad.
