Arte, Kitsch y Belleza – Un viaje en tres partes

Parte 2: ¿Existe realmente un kitsch universal?

En la primera parte de esta serie intentamos responder a una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué es el kitsch? Cuanto más leía sobre el tema, más me daba cuenta de que las respuestas eran numerosas y, a menudo, contradictorias. Hermann Broch veía en el kitsch una huida de la verdad. Clement Greenberg lo entendía como una emoción prefabricada. Milan Kundera lo describía como un mundo del que han sido expulsadas todas las contradicciones y todas las incomodidades de la existencia humana. Cada una de estas ideas contiene una parte de verdad. Sin embargo, todas parten de una misma suposición: que somos capaces de reconocer el kitsch cuando lo vemos. Y precisamente ahí empieza mi duda.

Imaginemos a cuatro personas contemplando la misma imagen. Un vienés, un romano, un madrileño y un japonés observan una rosa, una puesta de sol, una fotografía o los célebres ángeles de Rafael. ¿Llegarán todos a la misma conclusión? Nuestra intuición nos invita a responder que sí. Si algo es kitsch, debería serlo para cualquiera. Pero la experiencia nos dice otra cosa. Lo que para una persona resulta conmovedor puede parecer banal a otra. Lo que alguien considera refinado puede parecer exagerado a quien tiene una sensibilidad diferente. Lo que en una cultura se percibe como una emoción sincera, en otra puede interpretarse como sentimentalismo.

Tal vez la cuestión no esté en la imagen.

Tal vez esté en la mirada.

Durante siglos hemos hablado del gusto como si fuera una cualidad objetiva. Hablamos de buen gusto y de mal gusto con una seguridad que rara vez cuestionamos. Defendemos nuestras preferencias como si fueran conclusiones evidentes y observamos las preferencias ajenas como si necesitaran explicación. Sin embargo, basta con viajar un poco para descubrir que muchas de nuestras certezas dependen del lugar donde hemos nacido, de la educación que hemos recibido y de las experiencias que han formado nuestra sensibilidad.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu dedicó buena parte de su trabajo a estudiar este fenómeno. Su conclusión era tan sencilla como incómoda: el gusto no es únicamente una decisión personal. También es una herencia cultural. Aprendemos a admirar ciertas cosas y a desconfiar de otras. Aprendemos qué consideramos elegante, refinado, vulgar o excesivo. Muchas de las preferencias que creemos profundamente nuestras son, en realidad, el resultado de una larga conversación entre nosotros y la sociedad en la que hemos crecido.

Esto no significa que todo sea relativo ni que cualquier juicio tenga el mismo valor. Significa, simplemente, que nuestra mirada nunca es completamente neutra. Observamos el mundo a través de una lente formada por nuestra historia personal y colectiva. Y esa lente cambia de un país a otro.

Italia ofrece un ejemplo fascinante. Quien viaja con frecuencia por el país descubre una relación muy particular con la emoción. La ópera, el Barroco, las procesiones religiosas y buena parte de la tradición artística italiana muestran una convivencia natural entre belleza y sentimiento. Durante siglos, la cultura italiana no sintió la necesidad de elegir entre emoción e inteligencia. Dante, Petrarca, Miguel Ángel o Bernini nunca entendieron la belleza como algo sospechoso. Al contrario: para ellos, la belleza podía ser una vía de acceso a la verdad.

Quizá por eso algunas discusiones sobre el kitsch adquieren allí un tono diferente. Lo que para un observador del norte de Europa puede parecer excesivo, para un italiano puede resultar perfectamente natural. No porque tenga menos sentido crítico, sino porque la frontera entre emoción sincera y sentimentalismo se encuentra en otro lugar.

España ofrece una perspectiva distinta, aunque igualmente reveladora. Existe la palabra kitsch, por supuesto, pero en muchas conversaciones aparece otra palabra: cursi. Es un término difícil de traducir porque no se refiere únicamente al gusto. Se refiere también a la autenticidad. Algo se vuelve cursi cuando parece artificial, forzado o excesivamente consciente de sí mismo.

La diferencia es importante. En una cultura acostumbrada al flamenco, a la poesía amorosa, a la intensidad emocional de la Semana Santa y a una larga tradición literaria donde los sentimientos ocupan un lugar central, la emoción no se percibe automáticamente como un problema. Lo que genera desconfianza no es la intensidad del sentimiento, sino la sensación de que ese sentimiento no es verdadero.

La pregunta cambia por completo.

No se trata de preguntar si hay demasiada emoción.

Se trata de preguntar si la emoción es auténtica.

Cuanto más nos alejamos de nuestras propias costumbres culturales, más difícil resulta sostener la idea de un kitsch universal. Japón es un ejemplo particularmente interesante. Muchos visitantes occidentales observan los cerezos en flor, la estética kawaii o la delicadeza de ciertas expresiones artísticas japonesas y ven en ellas una sensibilidad excesivamente decorativa. Sin embargo, esa interpretación suele decir más sobre el observador que sobre Japón.

Los cerezos en flor no son simplemente hermosos. Representan la fugacidad de la existencia. Su belleza es inseparable de su desaparición. Precisamente porque duran poco, emocionan. Precisamente porque son efímeros, adquieren significado. Lo que para un extranjero puede parecer una imagen decorativa contiene para un japonés siglos de literatura, filosofía y memoria cultural.

La flor sigue siendo la misma.

Lo que cambia es la mirada.

Y con ella cambian también los significados.

Llegados a este punto, resulta difícil seguir creyendo que el kitsch sea una cualidad objetiva de las cosas. Tal vez exista otra explicación. Tal vez el kitsch no nazca únicamente en la obra, sino también en la relación que establecemos con ella.

Pensemos en El beso de Gustav Klimt. El original cuelga en un museo y casi nadie lo consideraría kitsch. Imaginemos ahora que la misma imagen aparece en un libro de arte. Después en una postal. Después en una bufanda de seda. Más tarde en una taza de café. Finalmente en una prenda de ropa interior.

¿En qué momento exacto se produce la transformación?

La pregunta parece sencilla, pero las respuestas se multiplican inmediatamente. Algunos sentirán incomodidad ya ante la postal. Otros no tendrán ningún problema con la taza. Otros se divertirán con la ropa interior sin percibir ninguna falta de respeto hacia Klimt.

Lo interesante es que la obra nunca cambia.

Klimt sigue siendo Klimt.

Los colores siguen siendo los mismos.

La composición sigue siendo la misma.

Lo único que cambia es el contexto.

Quizá por eso la discusión resulta tan difícil. El museo invita a la contemplación. La taza pertenece a la vida cotidiana. La bufanda forma parte de la moda. Cada contexto modifica nuestra relación con la imagen, aunque la imagen permanezca intacta.

Esta posibilidad conduce a una observación bastante incómoda. La mayoría de nosotros identificamos el kitsch con enorme facilidad cuando aparece en las elecciones de los demás. Lo vemos en las tiendas de recuerdos, en los objetos que compran los turistas o en las decoraciones que no pertenecen a nuestro entorno. Sin embargo, nuestras propias preferencias suelen parecernos perfectamente razonables.

Tal vez porque el gusto no es solo una cuestión estética.

Tal vez también sea una forma de pertenencia.

A través del gusto señalamos quiénes somos, qué admiramos y con qué grupo nos identificamos. Cuando llamamos kitsch a algo, muchas veces estamos diciendo más sobre nosotros mismos que sobre el objeto que tenemos delante.

Como fotógrafo, tampoco puedo escapar a esta reflexión. Las rosas aparecen con frecuencia en mis imágenes. Algunas personas las consideran poéticas. Otras las perciben como románticas. Otras encuentran en ellas referencias culturales y simbólicas. Y, naturalmente, también existen quienes ven un cliché.

¿Quién tiene razón?

Cuanto más pienso en ello, menos convencido estoy de que exista una única respuesta correcta. La rosa guarda silencio. Somos nosotros quienes hablamos a través de ella. Cada persona proyecta sobre esa imagen recuerdos, experiencias, emociones y asociaciones diferentes. La misma rosa puede convertirse en una meditación sobre la belleza, en un símbolo de amor o en un ejemplo de sentimentalismo.

Quizá lo mismo ocurra con los ángeles de Rafael, con las puestas de sol, con los poemas amorosos y con muchos de los temas que suelen aparecer en las discusiones sobre el kitsch. No porque esos temas hayan cambiado, sino porque nosotros cambiamos constantemente.

Cuanto más reflexiono sobre esta cuestión, más difícil me resulta creer en la existencia de un kitsch universal. Existen, sin duda, obras superficiales. Existen efectos emocionales fáciles y manipulaciones sentimentales. Pero entre la obra y nuestro juicio siempre aparece un territorio intermedio formado por la cultura, la memoria, la experiencia y la educación.

Quizá, al final, no exista un kitsch universal porque tampoco existe una mirada universal. Cada cultura construye su propia relación con la belleza. Cada época establece sus propias fronteras entre emoción y sentimentalismo. Cada persona interpreta las imágenes a través de la historia que lleva consigo.

Y quizá eso explique por qué una misma rosa puede ser arte, decoración o cliché al mismo tiempo.

No porque la rosa cambie.

Porque cambiamos nosotros.

En la tercera y última parte de esta serie abordaremos una pregunta todavía más incómoda. ¿Por qué la belleza despierta hoy tanta sospecha? ¿Por qué la armonía, el romanticismo y el cuerpo humano son tan a menudo acusados de superficialidad? ¿Y qué nos revela esa desconfianza sobre nuestra época?

Probablemente más de lo que estamos dispuestos a admitir.

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