Sobre las imágenes, los sabores y el nacimiento de CONVIVIUM

Todo comenzó con los siete pecados capitales.

Quería representar la soberbia, la avaricia, la lujuria, la envidia, la gula, la ira y la acedia sin tratarlas como un catálogo de moral religiosa y sin recurrir a sus símbolos tradicionales. Ningún espejo para la soberbia, ningún oro para la avaricia, ninguna mesa opulentamente servida para la gula y ninguna llama para la ira. Estas fuerzas humanas debían hacerse visibles a través del cuerpo: mediante la postura y el movimiento, la apertura y el retraimiento, la tensión, el gesto, la luz y la sombra. Términos latinos, escritos directamente sobre la piel con una Bastarda histórica, darían voz a su lenguaje interior.

La serie ya estaba conceptualmente muy desarrollada cuando escuché Cuadros de una exposición, de Modest Músorgski. En esta obra, la música se encuentra con las imágenes de otro artista a través de un lenguaje propio. No explica las obras ni intenta traducirlas al sonido con la mayor fidelidad posible. Recoge sus atmósferas, movimientos e ideas y permite que de ellos surja algo autónomo.

Mientras escuchaba, me planteé una pregunta: ¿qué ocurriría si no fuera la música la que respondiera a las imágenes, sino el arte culinario? Casi inevitablemente surgió una segunda pregunta:

¿A qué sabe el pecado?

¿A qué sabe la soberbia? ¿Qué temperatura tiene la ira? ¿Cuál es la textura de la acedia? ¿Es la lujuria dulce, suave y cálida, o esa idea resulta ya demasiado evidente? ¿Puede la gula concentrarse en un único bocado apenas suficiente? ¿Es amarga la envidia o nos limitamos a repetir una asociación lingüística ya conocida?

Estas preguntas no requieren respuestas definitivas. Abren un espacio entre los sentidos.

De repente, las siete fotografías dejaron de ser únicamente representaciones de fuerzas humanas. Se habían convertido en siete preguntas abiertas dirigidas a otra forma de arte.

Al principio, la idea parecía sencilla: las fotografías se expondrían y una chef o un chef crearía un menú como respuesta. La fotografía y el arte culinario se encontrarían. Sin embargo, cuanto más reflexionaba sobre ello, más evidente resultaba que este encuentro podía contener mucho más que una exposición acompañada de una propuesta gastronómica excepcional.

La fotografía ya es una interpretación. No parto de una imagen terminada que únicamente deba realizarse técnicamente. Parto de un tema al que me acerco desde una perspectiva intelectual, histórica y emocional. De ahí surgen las posturas corporales, la luz, la sombra, la escritura, las direcciones de la mirada y el movimiento. La imagen terminada no es una representación neutral del tema, sino mi interpretación fotográfica personal.

Por tanto, una chef o un chef no interpretaría simplemente los siete pecados capitales. Se encontraría con mi interpretación de los siete pecados capitales y respondería a ella mediante un lenguaje artístico propio. Así surgió una nueva sucesión de perspectivas:

Un tema. Una interpretación fotográfica. Una respuesta culinaria. La experiencia personal del invitado.

De esta idea nació CONVIVIUM.

Desde entonces, la idea no me ha abandonado. Me atrae profundamente la posibilidad de que una obra fotográfica pueda continuar a través de otra forma de arte; que las imágenes evoquen sabores, temperaturas y texturas; y que de este encuentro surja un espacio compartido de experiencia. Por ello, he comenzado a desarrollar CONVIVIUM desde la fotografía y a crear varias series concebidas desde el principio para esta forma de diálogo.

Si este diálogo llegará realmente a producirse sigue siendo una cuestión abierta. Todavía no se ha celebrado ninguna velada CONVIVIUM, no existe un formato de evento ya probado y no hay certeza de que chefs, restaurantes, hoteles o espacios culturales encuentren la idea tan estimulante como yo. La primera voz fotográfica ya está tomando forma. Queda por ver si aparecerán personas que deseen responder a ella y qué forma podría surgir de ese encuentro.

No es una exposición con un menú

CONVIVIUM no pretende ser una exposición en la que, además, se sirva comida. Tampoco es un menú presentado en un espacio decorado con fotografías. Las imágenes son el punto de partida. El arte culinario no es un acompañamiento, sino una respuesta artística autónoma.

Una imagen sobre la ira no tiene por qué conducir necesariamente a un plato picante. La gula no exige automáticamente abundancia. La lujuria no tiene por qué saber dulce, suave y seductora. Estas asociaciones pueden ser adecuadas, pero también pueden volverse previsibles con rapidez.

El proyecto se vuelve interesante cuando la interpretación culinaria desarrolla una posición propia. Quizá la soberbia aparezca en el plato perfecta e impecable, pero resulte inquietantemente vacía al paladar. Tal vez la gula consista en un único bocado concentrado que genere de inmediato el deseo de tener más. Quizá la ira se muestre inicialmente fría y controlada, para estallar solo en el retrogusto. Tal vez una chef o un chef contradiga por completo la imagen y, precisamente por ello, revele una idea que yo mismo aún no había reconocido en ella.

Un diálogo auténtico no surge cuando una parte se limita a ejecutar lo que la otra prescribe. Por ello, la chef o el chef no es quien lleva a cabo un concepto fotográfico, sino la segunda voz artística de la obra. La fotografía no plantea una tarea y el arte culinario no ofrece una solución. Ambos abren caminos diferentes hacia un mismo espacio conceptual.

Una velada entre imágenes y sabores

Imaginemos que entramos en un restaurante, un hotel o un lugar excepcional. Las fotografías ya están presentes en el espacio, colgadas o dispuestas en él: de gran formato y físicamente perceptibles, no como decoración de fondo, sino como una parte esencial de la velada.

Quizá cada invitado reciba al principio un plato con varios pequeños bocados, tantos como fotografías componen la serie. Todavía no se explica nada en profundidad. Los invitados se desplazan por el espacio, observan las obras, conversan entre sí y conocen tanto al artista como a la chef o al chef. Empiezan a surgir las primeras relaciones entre imagen y sabor, postura y textura, luz y temperatura, sombra y gusto. Algunas pueden parecer inmediatas; otras, contradictorias. Antes incluso de que se pronuncie una palabra, la percepción ya ha comenzado a trabajar.

Después comienza el menú. Antes de cada plato, hablo sobre la imagen correspondiente: el tema, mi interpretación fotográfica, el desarrollo de la postura corporal, la luz, la sombra o la escritura utilizada. A continuación, la chef o el chef presenta su propia respuesta. ¿Qué percibió en la imagen? ¿Qué ideas retomó? ¿Dónde surgió una contradicción? ¿Por qué eligió precisamente esos ingredientes, esas texturas, esas temperaturas o esos métodos de preparación?

Después se sirve el plato. La imagen permanece visible y ambas interpretaciones continúan presentes en el espacio. El invitado prueba, observa y compara; quizá coincida con una de las interpretaciones o contradiga ambas y desarrolle una respuesta personal. Surge así una experiencia que no se limita a ser contemplada ni simplemente consumida. Reúne sentidos, ideas y firmas artísticas diferentes.

Sin embargo, esta visión no es una puesta en escena rígida. Quizá una chef o un chef no desarrolle una secuencia tradicional de platos. Tal vez surjan estaciones culinarias, pequeñas intervenciones, un flying dinner o una dramaturgia completamente diferente. Quizá las fotografías se presenten en un orden inesperado. Tal vez la idea culinaria llegue incluso a modificar la manera en que las imágenes se disponen en el espacio.

CONVIVIUM es un marco artístico, no un paquete de eventos predefinido. Su forma concreta solo puede surgir de las personas participantes, de sus ideas y del carácter particular del lugar.

Entre los sentidos

Hablamos con total naturalidad de colores cálidos o fríos. Describimos un sonido como suave, una voz como oscura, un pensamiento como amargo o un recuerdo como dulce. De este modo relacionamos percepciones que, en principio, pertenecen a sentidos diferentes. CONVIVIUM trabaja deliberadamente en este espacio intermedio.

Las fotografías no poseen un sabor real. Sin embargo, la luz, la sombra, la postura, el movimiento y la expresión pueden evocar asociaciones con sabores, temperaturas o texturas. Una imagen puede parecer áspera, suave, fría, pesada, punzante o dulce, aunque ninguna de estas cualidades esté contenida objetivamente en ella.

A la inversa, un plato puede crear imágenes interiores. Un aroma despierta recuerdos. Una textura puede provocar una sensación de consuelo o de resistencia. Un sabor que al principio parece familiar puede cambiar, desconcertar o transformarse en algo inesperado.

Este enfoque es sinestésico, no en el sentido neurológico estricto de una asociación involuntaria entre los sentidos, sino como una exploración artística consciente. Ver, saborear, oler, sentir y recordar no se consideran experiencias separadas. Entran en relación y amplían mutuamente sus posibilidades expresivas.

La fotografía no prescribe un sabor y la interpretación culinaria no proporciona una traducción vinculante. Ambas se encuentran en un espacio en el que una sombra puede volverse amarga, un gesto frío o una ausencia inesperadamente dulce.

¿Por qué el arte culinario?

La cocina, la mesa y la cultura del disfrute me acompañan desde hace muchos años. No me interesa únicamente saber si algo sabe bien. El arte culinario trabaja con una extraordinaria variedad de medios expresivos: sabor, aroma, temperatura, consistencia, textura, color, forma, memoria y expectativa.

Un plato puede reconfortar o inquietar. Puede parecer familiar y sustraerse un instante después. Puede despertar algo infantil, seducir, irritar o rozar un recuerdo que parecía olvidado desde hacía mucho tiempo.

En este sentido, el arte culinario se diferencia menos de otras formas de arte de lo que podría suponerse en un principio. Una imagen no actúa únicamente a través de lo que representa. Actúa mediante el ritmo, el contraste, la materialidad, el vacío, la proximidad y la distancia. Del mismo modo, un plato no comunica únicamente a través de sus ingredientes. Un elemento crujiente junto a una crema suave ya crea un contraste. Una superficie fría puede ocultar un centro cálido. Un sabor puede estar presente de inmediato o desarrollarse lentamente.

La fotografía y el arte culinario utilizan medios diferentes. Sin embargo, ambas pueden crear experiencias emocionales y sensoriales sin necesidad de traducirlas por completo en palabras. Es precisamente ahí donde se encuentran.

Imágenes en cuya aura se entra

La idea comenzó con los siete pecados capitales, pero no está destinada a terminar con una única serie. CONVIVIUM está concebido como un conjunto de obras fotográficas en continuo crecimiento. Cada año deberían surgir varias series nuevas que abran espacios emocionales, humanos y sensoriales diferentes.

No todas las obras fotográficas son adecuadas para este propósito. Una serie de CONVIVIUM requiere profundidad conceptual y una fuerte presencia emocional o sensorial. Puede ofrecer una interpretación, pero no debe cerrar todas las lecturas posibles. Debe permanecer lo bastante abierta como para permitir que otra voz artística responda.

Su presencia en el espacio es igualmente importante. Desde el principio, las series se conciben para una presentación de gran formato.

Quiero crear imágenes que no se limiten a ser contempladas, sino en cuya aura se pueda entrar.

El tamaño no es un efecto externo. Con una altura o una anchura superior a un metro, las fotografías dejan de presentarse ante el espectador como pequeñas superficies visuales cerradas. Los cuerpos, los gestos, la luz y la sombra adquieren una presencia espacial propia. La imagen no se limita a ser vista. Modifica la atmósfera del lugar e implica físicamente al espectador.

Desde la distancia, una obra debe producir un efecto inmediato. Al acercarse, debe revelar nuevas capas: piel, escritura, estructura, sombra y detalle. El espectador no se limita a permanecer frente a las imágenes, sino que se mueve dentro de su esfera de influencia.

No todas las fotografías poseen esta cualidad. Algunas obras dependen de la intimidad, la contención o la cercanía de un libro. Por ello, las series creadas para CONVIVIUM se desarrollan específicamente en función de su futura escala: a través de sus temas, su lenguaje visual, su composición y su dramaturgia.

Por lo general, comprenden entre cinco y doce obras. Cada imagen debe poder sostenerse por sí misma dentro del espacio y, al mismo tiempo, seguir formando parte de una atmósfera común. La serie no pretende decorar un lugar, sino transformarlo.

De una serie a un conjunto de obras

Los siete pecados capitales representan el comienzo, pero no la conclusión. Cada año, nuevas series ampliarán el espectro de CONVIVIUM y plantearán nuevas preguntas fotográficas al arte culinario.

No busco deliberadamente temas que puedan traducirse en comida de la manera más sencilla posible. Sería demasiado fácil y probablemente se volvería previsible muy pronto. Me interesan temas lo bastante abiertos como para suscitar ideas diferentes y ofrecer espacio a otra forma de arte.

¿A qué sabe la culpa? ¿Qué textura tiene el recuerdo? ¿Puede la nostalgia ser cálida y fría al mismo tiempo? ¿Cómo cambia una imagen cuando una chef o un chef percibe en ella algo que yo nunca había imaginado? Estas preguntas no pretenden conducir a una respuesta determinada. Deben servir como puntos de partida para una exploración artística independiente.

Las formas que surjan de CONVIVIUM dependerán también de las personas dispuestas a responder a estas preguntas fotográficas. Quizá una serie encuentre inmediatamente su voz culinaria. Tal vez permanezca abierta durante mucho tiempo. Quizá diferentes chefs se encuentren con las mismas imágenes en distintos momentos y desarrollen interpretaciones completamente opuestas.

Continuaré ampliando la base fotográfica de este conjunto de obras. Sin embargo, su camino futuro permanece abierto. Tal vez CONVIVIUM continúe siendo inicialmente un conjunto de obras fotográficas cuyas respuestas culinarias existan todavía solo como posibilidades. Quizá una única velada demuestre que este diálogo puede funcionar realmente. Tal vez aparezcan personas y lugares que deseen desarrollar el concepto conjuntamente y permitan que surja un formato recurrente.

Todavía no sé cuál de estos caminos tomará CONVIVIUM. Esa incertidumbre forma parte de su atractivo. La idea no nació de un estudio de mercado ni de un concepto de evento terminado, sino de una pregunta artística. Ahora quiero ofrecer a esa pregunta el espacio necesario para ser respondida. La fotografía permanece. Las respuestas pueden cambiar.

El comienzo: SEPTEM VITIA CAPITALIA

La primera serie de este conjunto de obras es SEPTEM VITIA CAPITALIA – Los siete pecados capitales. La soberbia, la avaricia, la lujuria, la envidia, la gula, la ira y la acedia no se tratan como un catálogo de moral religiosa. Me interesan como fuerzas humanas que actúan dentro de todos nosotros de formas y con intensidades diferentes.

Las fotografías prescinden de símbolos tradicionales y objetos escénicos. La soberbia no se representa mediante un espejo, la avaricia mediante el oro, la gula mediante alimentos ni la ira mediante llamas. Cada pecado encuentra su expresión a través del cuerpo.

Las posturas están inspiradas en la danza expresionista. Elevarse, abrirse, alcanzar, retorcerse, tensarse y replegarse hacen visibles los estados interiores. Las formas dramáticas de luz y sombra prolongan los movimientos del cuerpo. Términos latinos fueron escritos directamente sobre la piel con una Bastarda histórica, uniendo lenguaje y cuerpo en una única superficie visual.

Las siete fotografías están terminadas. Sin embargo, como serie de CONVIVIUM, la obra permanece abierta. Su segunda voz —la interpretación culinaria— aún debe surgir.

Una invitación a continuar el diálogo

Quiero descubrir si esta idea despierta también algo en otras personas: si las chefs y los chefs ya perciben sabores, temperaturas, texturas o historias propias al contemplar las fotografías; si los restaurantes, hoteles, galerías y espacios culturales reconocen la posibilidad de una nueva forma de encuentro entre el arte, la cultura culinaria y el público.

CONVIVIUM se dirige a chefs que no desean limitarse a ilustrar la fotografía, sino que están dispuestos a encontrarse con ella desde una posición artística propia. El proyecto se dirige también a restaurantes, hoteles, galerías y espacios culturales que no quieren presentar el arte y la cultura culinaria simplemente uno al lado del otro.

El resultado podría ser un exclusivo menú de varios platos, una inauguración ampliada mediante interpretaciones culinarias, una recepción abierta con diferentes estaciones sensoriales o una forma de evento que todavía no existe. El creciente número de series fotográficas podría ofrecer también la posibilidad de desarrollar CONVIVIUM como un formato recurrente, con nuevos temas, nuevos mundos visuales y nuevas respuestas culinarias.

El objetivo no es encajar a los colaboradores en un concepto ya completamente definido. Un restaurante, un hotel u otro espacio aporta sus propios lugares, experiencias, invitados e ideas. Una chef o un chef contribuye con su firma culinaria personal. Solo a través de este encuentro puede surgir una forma concreta.

CONVIVIUM está concebido para desarrollarse conjuntamente.

Busco personas y lugares en los que, al contemplar las fotografías, algo empiece ya a tomar forma: un sabor, una temperatura, una textura, un recuerdo, una contradicción o una idea que exija ser explorada.

Sigue abierto si de ello surgirá una velada compartida, una colaboración a largo plazo o algo que nadie pueda prever todavía. La pregunta fotográfica ya ha sido formulada; quizá alguien desee responder.

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