O: por qué un pequeño grupo de jóvenes artistas ingleses comenzó, hace casi ciento ochenta años, a buscar las raíces del arte.
Cuando alguien oye por primera vez la palabra prerrafaelita, suele llegar a una conclusión lógica, aunque equivocada: pensar que se trata de pintores que vivieron antes de Rafael.
Sería tan acertado como afirmar que los Beatles compusieron su música antes que Johann Sebastian Bach.
Los prerrafaelitas vivieron casi tres siglos después de Rafael. Sin embargo, eligieron deliberadamente ese nombre. Y precisamente ahí se encuentra la clave para comprender su movimiento. No pretendían rechazar a Rafael. Admiraban profundamente su maestría. Lo que cuestionaban era el rumbo que, en su opinión, había tomado el arte después de él.
¿Por qué comenzar esta nueva serie precisamente con los prerrafaelitas y no con Leonardo, Miguel Ángel o el propio Renacimiento?
Porque estoy convencido de que formularon una pregunta que todo artista debería hacerse alguna vez.
¿Dónde están las raíces de mi propio arte?
No estudio la historia del arte para memorizar nombres, fechas o estilos. Para eso existen historiadores del arte mucho más preparados que yo. Lo que me interesa es otra cosa. Quiero comprender sobre qué ideas se sostiene mi propio trabajo. Por qué determinadas imágenes siguen emocionándome. Por qué regreso una y otra vez a la luz y la sombra, al simbolismo, a la reducción, al lenguaje del cuerpo o a la escritura como elementos expresivos.
En pocas palabras: quiero dar raíces a mi propio arte.
Por eso los prerrafaelitas me resultan tan fascinantes. Su manifiesto, tal como hoy podemos reconstruirlo, es mucho más que un episodio de la historia del arte. Es un intento de preguntarse cuáles son los fundamentos de la creación artística. No se preguntan: «¿Cómo hacemos un arte más moderno?» Se preguntan algo mucho más profundo: «¿Sobre qué debería construirse realmente nuestro arte?»
Inglaterra en 1848
El año 1848 fue un período de enormes cambios. Gran parte de Europa vivía revoluciones, los viejos sistemas políticos comenzaban a resquebrajarse y el mundo del arte también atravesaba un momento decisivo. En la Royal Academy de Londres los jóvenes aprendían cómo debía ser una «buena» pintura. Las composiciones seguían reglas estrictas, los temas se repetían y la perfección técnica era considerada el objetivo supremo. Eran pintores magníficamente formados, pero algunos sentían que, mientras aumentaba la perfección, se estaba perdiendo algo esencial. Las obras eran cada vez más impecables, aunque no necesariamente más verdaderas.
De esa inquietud nació en 1848 la Pre-Raphaelite Brotherhood (PRB). Entre sus miembros más conocidos estaban Dante Gabriel Rossetti, William Holman Hunt y John Everett Millais. Su propósito resulta sorprendentemente actual. No querían inventar una nueva moda artística. Querían volver a las raíces de la creación.
¿Por qué «prerrafaelitas»?
El nombre fue elegido deliberadamente para provocar.
No consideraban a Rafael un mal pintor. Todo lo contrario. Admiraban su extraordinario talento.
Lo que criticaban era la evolución posterior. Después de Rafael, su estilo se convirtió en el modelo de las academias europeas. Generaciones enteras aprendieron cómo debía componerse un cuadro, cómo construir una figura y cómo debía verse una pintura «correcta». Poco a poco, el arte corría el riesgo de convertirse en una fórmula.
Los prerrafaelitas no pretendían regresar al pasado. Querían recuperar una actitud. Aspiraban a un arte nacido de una convicción auténtica y no de la repetición mecánica de normas aprendidas.
Cuatro principios sorprendentemente actuales
Los prerrafaelitas nunca publicaron un gran manifiesto en el sentido moderno de la palabra. Sin embargo, sus ideas pueden resumirse en cuatro principios fundamentales. Lo más sorprendente es comprobar hasta qué punto siguen siendo actuales.
1. To have genuine ideas to express.
El primer principio es quizá el más importante. Antes que la técnica está la idea. Antes que el estilo está la idea. Antes que la perfección está la idea. Una obra debería existir porque el artista tiene algo verdadero que decir, no porque una determinada técnica esté de moda. Cuando observo una fotografía, rara vez mi primera pregunta es qué cámara se utilizó.
Prefiero preguntarme:
¿Qué intenta decir realmente esta imagen?
Es una pregunta formulada hace casi dos siglos, pero hoy parece más vigente que nunca.
2. To study Nature attentively, so as to know how to express them.
Para los prerrafaelitas, la palabra «Naturaleza» significaba mucho más que paisajes. Significaba la realidad: las personas, las plantas, la luz, los materiales. Observaban el mundo con una precisión extraordinaria. Las flores eran botánicamente correctas, las telas se comportaban como telas reales y la luz caía exactamente como lo hace en la naturaleza. No era una demostración de virtuosismo. Era la convicción de que la honestidad artística comienza con una observación atenta.
Si quieren comprender realmente este principio, busquen «Ophelia» de John Everett Millais. No se detengan únicamente en la joven retratada. Observen las plantas que la rodean. Casi todas poseen un significado simbólico y están representadas con extraordinaria precisión botánica. Una simple búsqueda de imágenes o un buen libro de arte basta para comprender por qué esta obra sigue siendo uno de los grandes iconos del movimiento.
Para cualquier fotógrafo, la enseñanza es sencilla: no fotografíes aquello que crees conocer. Fotografía aquello que realmente ves.
3. To sympathise with what is direct and serious and heartfelt in previous art, to the exclusion of what is conventional and self-parading and learned by rote.
Este es, probablemente, el principio con el que más me identifico.
Los prerrafaelitas no querían copiar a los antiguos maestros. Querían comprender por qué sus obras siguen emocionando siglos después. Buscaban sinceridad, profundidad y convicción interior, evitando todo aquello que fuera mera convención o rutina.
Un magnífico ejemplo es «Proserpine» de Dante Gabriel Rossetti. A primera vista parece simplemente el retrato de una mujer. Sin embargo, quien conozca el mito descubrirá que la granada, la luz, la expresión del rostro y muchos otros elementos forman parte de un relato mucho más amplio. Es una pintura que recompensa al espectador no en la primera mirada, sino en la segunda y en la tercera.
Esa es exactamente la razón por la que estudio la historia del arte. No busco modelos para imitar. Busco raíces. Me pregunto constantemente si mis propias fotografías nacen de una convicción auténtica o simplemente de mi capacidad técnica para realizarlas.
Quizá esta pregunta sea hoy aún más importante que en 1848. Vivimos en una época en la que cada día se crean miles de millones de imágenes. Las tendencias se difunden en cuestión de horas y los algoritmos influyen cada vez más en nuestra manera de mirar. Precisamente por eso resulta tan importante volver a nuestras propias raíces.
4. And most indispensable of all, to produce thoroughly good pictures and statues.
El último principio parece casi evidente. Pero no lo es.
Los prerrafaelitas no dicen que las buenas intenciones sean suficientes. Una idea poderosa merece una realización igualmente sólida. El arte necesita ambas cosas: pensamiento y dominio técnico. Sin una de ellas, la obra queda incompleta.
Si quieren comprender hasta qué punto tomaban en serio este principio, busquen «The Light of the World» de William Holman Hunt. Obsérvenlo con calma. Descubrirán que casi ningún detalle está colocado por casualidad. Esa extraordinaria densidad simbólica es la que distingue una imagen simplemente hermosa de una obra capaz de seguir hablando a generaciones de espectadores.
Mucho más que mujeres hermosas
Muchas personas relacionan a los prerrafaelitas con mujeres bellísimas, largas cabelleras, vestidos medievales y paisajes románticos. Es cierto. Pero eso es solamente la superficie.
Cuando uno observa con mayor atención descubre un universo de símbolos. Las flores cuentan historias. Los colores poseen significado. Cada gesto está cuidadosamente elegido. Cada mirada forma parte del relato. Estas pinturas no fueron creadas únicamente para ser contempladas. Fueron creadas para ser leídas. Quizá esa sea precisamente la razón por la que continúan fascinándonos.
¿Qué pueden aprender los fotógrafos?
Basta con recordar los cuatro principios de los prerrafaelitas y, a continuación, recorrer unas cuantas centenas de imágenes en cualquier red social.
La primera pregunta es muy sencilla:
¿Tiene realmente esta imagen algo propio que decir?
¿Cuántas fotografías podrían responder honestamente que sí?
El segundo principio nos invita a observar la realidad con atención. Sin embargo, una y otra vez encontramos las mismas poses, las mismas sonrisas artificiales, las mismas miradas por encima del hombro, los mismos filtros y los mismos clichés visuales repetidos hasta el infinito.
El tercer principio nos pregunta si estamos creando algo nacido de una convicción auténtica o si simplemente repetimos aquello que ya ha demostrado funcionar para otros.
Y solo entonces aparece el cuarto principio:
Haz una imagen verdaderamente buena.
Quizá ese orden sea la lección más importante de todas. Hoy solemos empezar hablando de cámaras, objetivos, sensores, inteligencia artificial o edición digital. Los prerrafaelitas probablemente habrían comenzado con una pregunta mucho más sencilla:
«¿Qué quieres decir?»
Tal vez esa sea la razón por la que sigo considerándolos tan actuales. Sus ideas fueron formuladas en 1848 y, sin embargo, parecen responder a preguntas que apenas empezamos a plantearnos en pleno siglo XXI.
Este artículo no pretende ser una lección de historia del arte. Si ha despertado su curiosidad, busquen las obras aquí mencionadas, obsérvenlas con calma y hojeen un buen libro dedicado a los prerrafaelitas. Permanezcan unos minutos ante cada pintura. Estoy convencido de que, al hacerlo, no solo comprenderán mejor este extraordinario movimiento artístico, sino que también comenzarán a mirar sus propias fotografías con otros ojos.
Porque quizá el mayor regalo que nos ofrece la historia del arte no sea enseñarnos cómo pintaban los artistas del pasado. Su verdadero valor consiste en ayudarnos a comprender por qué hoy creamos imágenes del modo en que lo hacemos.
Y precisamente por eso merece la pena mirar hacia atrás. No por nostalgia. Sino porque las imágenes más poderosas tienen raíces. Y quien conoce sus propias raíces tiene muchas más posibilidades de crear obras capaces de perdurar.
