Me preguntan con bastante frecuencia de dónde surgen mis ideas fotográficas. Qué técnicas creativas utilizo, si trabajo con bocetos, moodboards, conceptos filosóficos o métodos concretos para desarrollar una nueva serie.
La respuesta sincera, sin embargo, es bastante menos espectacular de lo que muchos probablemente imaginan.
La creatividad, al menos en mi caso, rara vez funciona de manera lineal o planificada. La mayoría de las series no nacen de una sola idea clara, sino de una lenta acumulación de impresiones, fragmentos y observaciones que permanecen en algún lugar del fondo durante días o semanas, aparentemente sin conexión entre sí. Y entonces, de repente, basta un pequeño impulso para que esas cosas comiencen a relacionarse casi por sí solas.
La serie Habitus es un buen ejemplo de ello.
Durante una estancia en Umbría sonaba constantemente en la radio Che fastidio de Ditonellapiaga. Al principio apenas le prestaba atención. Simplemente estaba allí, como tantas cosas que pasan de fondo mientras uno conduce, pasea por una ciudad italiana o entra en un supermercado. Un estribillo. Un cierto tono irritado. Poco más.
Semanas después, ya de regreso en Viena, estaba sentado frente al televisor viendo Affari Tuoi en la RAI. Mi mujer y yo vemos de vez en cuando este tipo de programas italianos. Por un lado porque nuestro italiano está lejos de ser perfecto y estas ocasiones nos ayudan a mantenerlo vivo y mejorarlo un poco. Pero también porque la televisión italiana tiene una atmósfera completamente distinta a la de los programas de los países germanohablantes. Es más emocional, más ruidosa, más teatral, a veces casi excesiva, y al mismo tiempo extrañamente humana.
Uno no ve estos programas buscando profundidad intelectual. Más bien al contrario. Se ven para desconectar, para dejar que la mente descanse un poco y el cuerpo se relaje.
Y precisamente en ese momento algo empezó a ponerse en marcha.
Ditonellapiaga apareció en el programa.
Y de pronto el cerebro comenzó a trabajar.
No lentamente. No de manera consciente. Más bien como una reacción en cadena que evidentemente ya estaba preparada en algún lugar bajo la superficie. La canción empezó a adquirir contornos mucho más claros. La irritación que contenía. La ironía. Ese mundo de gestos ensayados, roles sociales y superficies estandarizadas. Personas moviéndose dentro de un sistema invisible de reglas que nadie formula abiertamente y que, sin embargo, todos obedecen.
A partir de ahí, el pensamiento siguió avanzando por sí solo. Hacia los ambientes sociales. Hacia esos círculos en los que uno debe dominar ciertos códigos simplemente para ser aceptado. Hacia esas “buenas sociedades” en las que la pertenencia no se exige de manera abierta, sino que se presupone silenciosamente. No mediante violencia. Mediante habitus.
Y en algún momento apareció casi inevitablemente Hobbes. Su célebre bellum omnium contra omnes, la “guerra de todos contra todos”, describe en el fondo una situación en la que todo orden común se derrumba. Sin reglas, convenciones, rituales y límites compartidos, la convivencia humana no se convertiría en libertad, sino en conflicto permanente. La sociedad necesita formas. Necesita modales, estructuras y acuerdos tácitos que permitan a las personas vivir juntas.
Por eso la serie no pretende ser una simple crítica de las normas sociales. Al contrario. Muchas de esas estructuras nos sostienen. Crean protección, previsibilidad y consideración mutua. Sin ellas probablemente no existiría ninguna comunidad.
Y precisamente ahí aparece también el peligro.
Todo orden tiende lentamente a independizarse. La orientación se convierte en control. El comportamiento se convierte en pose. La cohesión social se transforma en un sistema de adaptación silenciosa en el que la visibilidad, la pertenencia y el valor personal dependen cada vez más de la capacidad de cumplir determinadas expectativas. Llega un momento en que ya no es el ser humano quien moldea el orden social, sino el orden social el que comienza a moldear al ser humano.
Ese desplazamiento se convirtió en el verdadero núcleo de Habitus. No la coerción abierta, sino esos procesos mucho más sutiles mediante los cuales los mecanismos sociales se interiorizan tan profundamente que terminan pareciendo naturales.
Paralelamente comenzaron a reaparecer otros fragmentos culturales aparentemente alejados entre sí. Algunas canciones austríacas, por ejemplo, en las que la pertenencia social, la adaptación y la presión silenciosa aparecen constantemente bajo la superficie de la vida cotidiana. La cultura pop italiana, la filosofía política y ciertas observaciones personales comenzaron lentamente a girar alrededor de una misma tensión de fondo.
A partir de ese momento, la serie empezó prácticamente a desarrollarse sola.
La cinta se convirtió en el símbolo central. Al principio aparece casi protectora, algo que sostiene y ordena. Poco a poco, sin embargo, su función cambia. Comienza a modelar el cuerpo, a tensarlo, a controlar la visibilidad y la expresión, hasta que en la última imagen surge una fuerza procedente del exterior del propio encuadre: una tracción social que ya ni siquiera necesita mostrarse abiertamente porque ha sido completamente interiorizada.
Mirando atrás, lo que me parece interesante no es tanto el resultado final como el camino que condujo hasta él. La creatividad rara vez consiste en inventar algo desde cero. Mucho más a menudo, los distintos elementos ya existen en algún lugar del fondo mucho antes de que uno reconozca la relación entre ellos. Una canción. Una frase. Un programa de televisión. Una idea filosófica. Una impresión social. Durante semanas parece no ocurrir nada. Y de repente basta un pequeño impulso para que todo empiece a conectarse.
El verdadero proceso creativo quizá consista sobre todo en permanecer lo suficientemente atento como para reconocer esos momentos cuando aparecen.
La inspiración rara vez llega de manera solemne.
A veces simplemente se esconde entre un programa ligero de la televisión italiana, una canción pop y la repentina comprensión de que el orden social no existe solamente fuera del ser humano, sino que se inscribe lentamente en la postura, el cuerpo y la propia visibilidad.
