La vieja sospecha

La historia de las innovaciones tecnológicas sigue sorprendentemente a menudo el mismo patrón. Primero se dice que algo jamás funcionará. Y en el momento exacto en que funciona, la misma sociedad comienza de pronto a advertir que aquello destruirá todo. Cuando Josef Ressel presentó por primera vez su hélice naval, se dice que los espectadores desde la orilla se burlaban de él: «Con eso nunca lograrán mover un barco.» Cuando el barco efectivamente comenzó a avanzar, el tono cambió rápidamente: «Jamás podrán volver a detenerlo.» Que la anécdota haya sucedido exactamente así es casi irrelevante. Funciona porque describe algo profundamente humano. Las nuevas tecnologías primero son subestimadas y después exageradas hasta niveles apocalípticos. A veces en pocos años. A veces en pocos meses. Y pocos ámbitos muestran este mecanismo con tanta claridad como la historia de la fotografía.

Hoy parece casi absurdo que alguna vez se discutiera seriamente si la fotografía podía considerarse una forma legítima de imagen. Los museos cuelgan fotografías en paredes blancas, las galerías venden ediciones por sumas que hacen que un automóvil de lujo usado parezca de repente una compra razonable, y las universidades analizan el lenguaje fotográfico con una seriedad que en ocasiones recuerda a la interpretación teológica de textos sagrados. Y sin embargo, la fotografía estuvo bajo sospecha desde el principio. Demasiado técnica. Demasiado mecánica. Demasiado reproducible. Y sobre todo: demasiado poco humana. La cámara parecía de pronto capaz de hacer algo que hasta entonces pertenecía exclusivamente a los artistas: fijar la realidad. No interpretarla. No pintarla. No estilizarla. Simplemente capturarla. Para muchas personas del siglo XIX esto no fue una pequeña innovación técnica. Fue un terremoto cultural.

Antes de la fotografía, un retrato realista requería un enorme esfuerzo. Los modelos debían permanecer inmóviles, las sesiones duraban horas o incluso días, y la luz cambiaba constantemente. La pintura de retrato era costosa, elitista y técnicamente exigente. Entonces apareció de pronto una máquina capaz de producir una imagen más rápido, más barata y a menudo con mayor precisión. La verdadera amenaza no residía necesariamente en la calidad de la fotografía, sino en su accesibilidad. Personas que jamás habrían podido pagar un retrato pintado se volvieron de repente visibles. La fotografía democratizó la visibilidad. Y eso genera casi siempre inquietud cultural. Las nuevas tecnologías rara vez cambian solamente herramientas. Alteran jerarquías, accesos y relaciones de poder.

Muchos pintores reaccionaron con escepticismo o abierta hostilidad. El poeta y crítico francés Charles Baudelaire veía la fotografía con considerable desconfianza. Para él, la fotografía podía como mucho servir al arte, pero nunca convertirse en arte por sí misma. La acusación era simple: la máquina solamente veía el mundo, no lo creaba.

Y resulta interesante observar cómo hoy reaparecen casi exactamente los mismos argumentos. Solo que ahora la discusión ya no gira en torno a la cámara fotográfica, sino a la inteligencia artificial. Y precisamente eso hace estos debates tan fascinantes. Las herramientas cambian. Los reflejos culturales permanecen sorprendentemente iguales. La fotografía destruiría la pintura. El cine sonoro arruinaría el cine. La televisión destruiría la cultura. La fotografía digital mataría el oficio. Photoshop destruiría la verdad. Internet destruiría la lectura. Y ahora la inteligencia artificial destruiría finalmente el arte. La historia de las discusiones culturales está llena de personas que llevan décadas anunciando con absoluta convicción el inminente final de cosas que luego se niegan obstinadamente a desaparecer.

Uno de los ejemplos más hermosos de este fenómeno aparece precisamente con la transición del cine mudo al cine sonoro. A finales de los años veinte, parte del mundo cinematográfico reaccionó casi con histeria ante la llegada del sonido sincronizado. Directores, músicos y críticos aseguraban que el cine hablado destruiría el cine mismo. Y siendo justos, algunos de aquellos temores iniciales no eran completamente irracionales. Las primeras películas sonoras resultaban a menudo rígidas y artificiales. Las cámaras debían encerrarse en cabinas insonorizadas, los micrófonos eran inmóviles y los actores se movían como si temieran destruir toda la tecnología simplemente respirando demasiado fuerte. Algunas grandes estrellas del cine mudo perdieron sus carreras casi de la noche a la mañana debido a sus voces, sus acentos o a una forma de actuación que de pronto parecía exagerada.

De aquella época sobrevive un extraordinario documento histórico: un folleto alemán contra el cine sonoro. El texto advierte al público sobre los “peligros del cine sonoro”, lo describe como “kitsch”, “unilateralidad” e incluso “asesinato económico y espiritual”. El folleto llama a rechazar completamente el cine hablado y a apoyar el cine mudo acompañado por músicos y artistas en vivo. Hoy el tono del cartel resulta tan exagerado que parece casi satírico. Y quizá lo más elegante sea simplemente dejar esas afirmaciones allí, sin comentarlas demasiado. El documento se explica solo. Y muestra con extraordinaria claridad hasta qué punto los sistemas culturales reaccionan violentamente cuando la tecnología comienza a alterar formas de expresión establecidas.

Lo fascinante del folleto no es que sus autores estuvieran completamente equivocados. El cine sonoro realmente cambió el cine de forma radical. Algunas profesiones desaparecieron. Ciertas formas artísticas entraron en crisis. Procesos completos de producción quedaron obsoletos. Pero el cine no murió. Simplemente desarrolló otro lenguaje. El film noir, el ritmo de los diálogos, la tensión sonora, la música cinematográfica, los paisajes acústicos — todo eso nació precisamente gracias al sonido. Las nuevas tecnologías rara vez destruyen completamente un medio. Mucho más a menudo transforman su gramática.

Quizá sea precisamente esa transformación lo que inquieta tanto a las personas. Porque el cambio tecnológico nunca afecta solamente herramientas. Cambia la percepción misma. Cada simplificación técnica democratiza simultáneamente un medio. El daguerrotipo hizo accesibles los retratos a la burguesía. Kodak convirtió la fotografía en parte de la vida cotidiana. La fotografía digital volvió las imágenes prácticamente gratuitas. Los smartphones transformaron a casi cualquier persona en un productor constante de imágenes. Y la inteligencia artificial está convirtiendo ahora la producción visual en un proceso cada vez más basado en el lenguaje.

Curiosamente, el arte parece volverse “amenazado” exactamente en el momento en que más personas obtienen acceso a sus herramientas. Muchas veces lo que se defiende no es solamente calidad, sino exclusividad. El ser humano tiende sorprendentemente a confundir rareza con valor.

Sin embargo, sería demasiado simple descartar completamente las preocupaciones contemporáneas. El problema actual no es solamente la existencia de malas imágenes. Las malas imágenes siempre han existido. La humanidad no comenzó a producir imágenes insignificantes con los smartphones; simplemente se volvió mucho más eficiente haciéndolo. El verdadero cambio se encuentra en otra parte. Hoy incluso las imágenes más fuertes corren el riesgo de desaparecer dentro del enorme ruido visual. El problema ya no es solamente la producción de imágenes, sino su consumo.

Antes las imágenes poseían peso. Uno se encontraba con ellas lentamente. Las fotografías vivían en libros, álbumes, exposiciones y cajas. Hoy cada imagen compite diariamente con miles de otras imágenes. El consumo contemporáneo de imágenes se parece menos a la contemplación y más a un flujo continuo. Las imágenes son deslizadas, ignoradas y reemplazadas en cuestión de segundos. Eso modifica radicalmente la percepción.

Las plataformas modernas premian por eso imágenes inmediatamente consumibles. Inmediatamente legibles. Inmediatamente emocionales. Inmediatamente comprensibles. La imagen contemporánea muchas veces ya no debe ser descubierta — debe funcionar.

Como la comida rápida.

Una hamburguesa de una cadena internacional sabe prácticamente igual en París, Roma o Nueva York. Y eso es exactamente lo que el consumidor espera. La sorpresa no sería considerada calidad, sino riesgo. Y cada vez más la cultura visual contemporánea funciona de manera similar. El espectador reconoce inmediatamente qué tipo de imagen está viendo: melancólica, lujosa, cinematográfica, emocional, “fine art”. Presets estéticos, tendencias de plataforma y lenguajes visuales optimizados algorítmicamente producen una cultura del reconocimiento más que del descubrimiento.

Quizá el mayor logro de muchas imágenes contemporáneas consista simplemente en parecer exactamente como se espera que una imagen deba verse.

Suena cruel.
Y resulta difícil ignorarlo.

Las plataformas aman la previsibilidad. No la ambigüedad. Las imágenes que requieren tiempo suelen funcionar mal. Las sombras ralentizan la percepción. La ambigüedad genera incertidumbre. La complejidad requiere atención. Todas esas cualidades se convierten en desventajas dentro de medios rápidos. Y precisamente por eso las imágenes fuertes hoy no desaparecen necesariamente por falta de calidad, sino porque se resisten a la velocidad de la cultura visual contemporánea.

Eso no significa que la producción visual contemporánea sea automáticamente peor. Eso sería simplemente nostalgia disfrazada de reflexión estética. Cada época desarrolla su propio lenguaje visual, sus propias superficies y sus propios hábitos de percepción. Mucho más interesante que la tecnología misma es la regularidad casi histérica con la que los seres humanos reaccionan frente a ella.

Porque quizá la verdadera constante de la historia cultural no sea la tecnología.

Quizá sea el nerviosismo humano cada vez que sistemas familiares comienzan a tambalearse.

La cámara no fue el fin del arte.
El cine sonoro no fue el fin del cine.
La fotografía digital no fue la muerte de la fotografía.
Y muy probablemente la inteligencia artificial tampoco marcará el final de la producción visual humana.

Sin embargo, cambiará muchas cosas.
Tal vez radicalmente.

Exactamente igual que casi todas las grandes tecnologías antes que ella.

Y quizá sea precisamente ahí donde fracasan muchos debates. Porque a menudo se formula la pregunta equivocada. No: «¿Esta nueva tecnología destruirá todo?» Sino más bien: «¿Cómo cambia nuestra manera de ver?» Esa pregunta es mucho más interesante. Y probablemente también mucho más inquietante.

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