Hace algunas semanas me encontré con un estudio sobre la evolución de la música popular. Los investigadores analizaron miles de canciones de éxito y llegaron a una conclusión interesante: al menos desde el punto de vista melódico, muchas canciones actuales parecen ser más simples que aquellas que dominaban las listas de éxitos en los años sesenta y setenta. Esto no significa necesariamente que la música de hoy sea peor. La complejidad puede desplazarse hacia otros ámbitos, como la producción, el ritmo o la riqueza sonora. Sin embargo, la observación plantea una pregunta fascinante: ¿qué ocurre con una forma artística cuando el gusto colectivo se acostumbra progresivamente a estructuras más inmediatas y fáciles de consumir?
A partir de esa reflexión surgió otra cuestión. ¿Existen estudios similares sobre las artes visuales? La respuesta es afirmativa. En los últimos años, varios grupos internacionales de investigación han analizado digitalmente cientos de miles de obras de arte creadas a lo largo de casi mil años. Han estudiado la diversidad cromática, las estructuras compositivas, los niveles de orden y desorden, la densidad de información visual y otros muchos parámetros cuantificables. Los resultados son sorprendentes. La historia del arte no avanza en línea recta desde lo simple hacia lo complejo, ni tampoco en dirección contraria. Más bien oscila. Hay épocas dominadas por el equilibrio, la claridad y la estructura, seguidas por otras caracterizadas por una mayor libertad, tensión y riqueza visual. Vista desde esta perspectiva, la historia del arte se parece más a una respiración constante que a una marcha hacia adelante.
Hasta aquí podría parecer una curiosidad académica. Sin embargo, la cuestión adquiere una dimensión mucho más interesante cuando observamos nuestro presente. Nunca antes en la historia de la humanidad habíamos estado expuestos a una cantidad de imágenes comparable a la actual. Publicidad, redes sociales, plataformas de vídeo, medios digitales, fotografía comercial, imágenes generadas por inteligencia artificial y millones de fotografías privadas nos acompañan desde que despertamos hasta que nos acostamos. Nuestra mirada vive inmersa en un flujo continuo e ininterrumpido de estímulos visuales.
Ante una situación así resulta inevitable formular una pregunta: ¿permanece realmente inalterado nuestro gusto o es moldeado por aquello que vemos cada día? Tengo la impresión de que el gusto visual funciona de forma muy similar al gusto gastronómico. Nadie nace siendo un experto en vino. Nadie nace apreciando el té complejo o la música clásica. Son sensibilidades que se desarrollan con el tiempo. Aprendemos a percibir matices que antes pasaban desapercibidos. Aprendemos a disfrutar de complejidades que inicialmente nos parecían extrañas, difíciles o incluso desagradables.
Hace algún tiempo escuché hablar de una cata a ciegas de destilados de alta calidad. Muchos participantes jóvenes preferían productos elaborados a partir de alcohol industrial y aromas añadidos frente a destilados artesanales mucho más complejos. Esto no demuestra que los productos industriales fueran mejores. Demuestra simplemente que el gusto se había adaptado a otros estímulos: dulzor inmediato, intensidad evidente, aromas fáciles de reconocer. El placer no provenía de la complejidad, sino de la familiaridad.
Quizá algo parecido esté ocurriendo con las imágenes. Las plataformas digitales premian aquello que puede comprenderse en cuestión de segundos. Colores intensos, rostros perfectos, emociones fácilmente identificables, iluminaciones espectaculares y mensajes claros poseen una ventaja evidente en un entorno dominado por la velocidad. Cuanto más nos exponemos a este tipo de imágenes, más naturales nos parecen. Como consecuencia, aquellas imágenes que siguen otros caminos pueden llegar a parecernos extrañas, difíciles o incluso incorrectas.
Es precisamente aquí donde la inteligencia artificial adquiere una importancia cultural mucho más profunda de lo que suele suponerse. La cuestión no es que sea capaz de producir imágenes. La cuestión es que las produce a partir de promedios estadísticos obtenidos de millones de imágenes anteriores. Aprende qué funciona, qué gusta y qué atrae atención. En ese sentido, no genera necesariamente lo nuevo. Genera sobre todo familiaridad. Produce imágenes a menudo impresionantes, técnicamente impecables e inmediatamente comprensibles, pero rara vez capaces de cuestionar nuestros hábitos de percepción.
La historia del arte, sin embargo, ha sido casi siempre la historia de la desviación. Los impresionistas fueron ridiculizados. Los expresionistas fueron considerados provocadores. La propia fotografía tuvo que luchar durante décadas para ser reconocida como arte. Casi todos los lenguajes verdaderamente nuevos comenzaron como una interrupción de las costumbres visuales de su época. Tal vez la diferencia entre el pasado y el presente sea que antes los artistas luchaban contra limitaciones técnicas, mientras que hoy se enfrentan principalmente a hábitos perceptivos reforzados por algoritmos.
Llegados a este punto sería fácil culpar al público. Sería fácil afirmar que las personas ya no tienen paciencia, atención o interés por obras más complejas. Personalmente creo que esa conclusión resulta demasiado simplista. Nadie nace amante del arte. Uno llega a serlo a través de encuentros, experiencias, maestros, amigos, libros, exposiciones y conversaciones. Nadie espera que una persona reconozca en el primer sorbo todos los matices de un gran vino. Nadie exigiría que un niño comprendiera inmediatamente la estructura de una fuga de Bach. ¿Por qué deberíamos esperar algo diferente frente a una obra de arte?
Tal vez aquí aparezca la verdadera tarea de artistas, galeristas, comisarios, críticos y divulgadores culturales. No consiste en perseguir el gusto ya existente, sino en crear accesos. El arte no necesita ser simplificado hasta convertirse en algo banal. Pero sí necesita ser accesible. Y ambas cosas no son lo mismo. Hacer accesible una obra no significa eliminar su misterio. Significa ofrecer al espectador una posibilidad de entrada, un primer punto de apoyo, una llave que le permita acercarse a aquello que en un primer momento podría parecer lejano.
Un buen galerista no se limita a vender obras. Crea encuentros. Un buen comisario no se limita a colocar cuadros en una pared. Construye relaciones y contextos. Un buen autor no le dice al lector qué debe pensar. Le ofrece nuevas perspectivas desde las cuales observar. Y un buen artista no se limita a mostrar algo. Invita a mirar con más atención.
Esta reflexión conduce inevitablemente a una cuestión muy concreta. Los artistas tienen que vivir de su trabajo. La idea romántica de que basta con mantenerse fiel a uno mismo y esperar el reconocimiento de la posteridad resulta atractiva, pero de poca ayuda cuando hay que pagar el alquiler o la factura de la electricidad. La historia del arte está llena de genios reconocidos demasiado tarde. Es una perspectiva interesante para los historiadores, pero bastante menos atractiva para quien debe vivir en el presente.
Por ello, los artistas se encuentran ante una decisión compleja. Pueden adaptarse completamente a las expectativas del mercado y producir aquello que ya funciona y que los algoritmos favorecen. Pueden rechazar cualquier compromiso y aceptar el riesgo de la invisibilidad. O pueden seguir un camino intermedio: mantener la complejidad de su obra y, al mismo tiempo, facilitar el acceso a ella. No necesariamente modificando la obra, sino ayudando al público a acercarse a ella.
Quizá el problema principal de nuestro tiempo no sea que la calidad artística esté disminuyendo. Quizá el verdadero problema sea que la calidad resulta cada vez más difícil de percibir. Nunca en la historia se han producido tantas imágenes. Nunca ha sido tan difícil destacar entre el ruido visual. El competidor del artista no es únicamente otro artista. Es el inmenso muro de imágenes que nos rodea cada día.
Por esta razón, el papel de galerías, museos, comisarios y divulgadores culturales podría volverse más importante que nunca. Su función ya no consiste únicamente en mostrar obras, sino en cultivar la capacidad de mirar. En un mundo que premia la velocidad, podrían convertirse en guardianes de la lentitud. En un mundo que premia la reacción inmediata, podrían defender el valor de la atención.
Quizá el verdadero desafío del futuro no sea producir nuevas imágenes. Esas seguirán multiplicándose. El verdadero desafío será cultivar observadores. Personas dispuestas a detenerse el tiempo suficiente para descubrir aquello que una imagen contiene más allá de su superficie. Si la perfección técnica va siendo asumida cada vez más por las máquinas, entonces la tarea más importante del arte podría ser otra: crear las condiciones necesarias para que las obras sigan siendo vistas de verdad.
Porque tal vez el recurso más escaso del futuro no sea una gran obra de arte.
Será una persona dispuesta a contemplarla el tiempo suficiente para encontrarse realmente con ella.
