El origen de esta serie se remonta a un recuerdo muy concreto.
Hace algunos años me encontraba junto a la Cascada de Marmore, en Umbría. Sobre la barandilla, por encima de mí, una joven buscaba el encuadre perfecto para hacerse un selfie. Desde el lugar donde yo estaba, abajo, no veía la sonrisa que después aparecería en la fotografía. Lo que veía era más bien una mueca tensa, un rostro contraído en una expresión forzada para la cámara. Durante un instante estaba naciendo una imagen de felicidad que, en realidad, no existía.
Aquella escena se me quedó grabada. Desde entonces, la idea de esta serie ha seguido madurando lentamente.
Vivimos en una época en la que las imágenes ya no son solo recuerdos: se han convertido en una forma de moneda social. La identidad no solo se vive, sino que se produce, se construye y se exhibe constantemente. Pocas cosas lo muestran con tanta claridad como la cultura del selfie.
El cuerpo empieza a adaptarse a la lógica de la cámara: a la distancia de un brazo extendido, a la distorsión del gran angular del smartphone, al ángulo de la pantalla. Incluso la cirugía estética comienza a responder a estas nuevas condiciones visuales. Existen intervenciones destinadas a modificar la nariz para que resulte más armoniosa en los selfies, independientemente de cómo se perciba en la vida real. La imagen fotográfica empieza así a determinar la forma del cuerpo.
Al mismo tiempo ha surgido una auténtica economía de las apariencias. Existe incluso un mercado para bolsas de compra usadas de marcas de lujo. Algunos influencers se fotografían con estas bolsas vacías para sugerir dónde compran y qué tipo de vida llevan. La imagen termina siendo más importante que la realidad que debería reflejar.
El selfie se convierte así en una puesta en escena. Filtros, retoques, suavizados digitales: los mecanismos son conocidos. Una y otra vez se descubren identidades cuidadosamente construidas que se derrumban cuando las manipulaciones salen a la luz. Y, sin embargo, el deseo de una superficie perfecta permanece.
Esta serie aborda ese fenómeno desde otra perspectiva.
Las figuras en estas fotografías se muestran y, al mismo tiempo, se ocultan. Los cuerpos son visibles, pero los rostros permanecen ausentes. La identidad que el selfie suele afirmar queda deliberadamente suspendida. Lo que permanece es el gesto mismo de mostrarse: el cuerpo, la pose y el dispositivo con el que se produce la imagen.
Estas fotografías no pretenden documentar el selfie. Intentan revelar su lógica.
La imagen que pretende representar a una persona se convierte aquí en una silueta, en una proyección, en una forma modelada por la luz.
Lo que vemos no es la persona.
Vemos la construcción de una imagen.
