Trude Fleischmann

Trude Fleischmann

Hay fotógrafos que no nos atrapan de inmediato por un conjunto entero de obras, sino por una sola imagen. Con Trude Fleischmann, en mi caso, fue exactamente así. El primer momento en el que su obra me alcanzó de verdad fue a través de un desnudo de la bailarina Claire Bauroff. Aquella imagen me cautivó de inmediato. Posee una presencia, una quietud y, al mismo tiempo, una tensión corporal que hasta hoy no me abandona. Precisamente en la unión entre cuerpo, danza y construcción lumínica reside, para mí, una fuerza extraordinaria.

Lo que me fascina especialmente de Fleischmann es su manera de trabajar con la luz. A diferencia de otros fotógrafos de su época, que recurrían a contrastes más duros o a una iluminación más gráfica, en su obra encontramos casi siempre una luz mucho más suave. Es una luz que no corta el cuerpo, sino que lo modela. Lo envuelve. Permite que la forma emerja sin fijarla brutalmente. Esa suavidad posee una enorme elegancia sin llegar nunca a resultar decorativa o banal. Quizá precisamente ahí se encuentre una diferencia esencial entre la mera belleza y la auténtica presencia fotográfica. La luz favorece, sí — pero al mismo tiempo sostiene. Tiene una calma interior.

He experimentado mucho con su estilo y durante largo tiempo he estudiado intensamente su forma de construir la luz. Me interesaba especialmente la situación de su estudio y la pregunta de cómo surgía esa cualidad luminosa. La luz natural que entraba por los lucernarios producía una calidad muy particular: suave, amplia y, al mismo tiempo, lo bastante precisa como para hacer que el cuerpo aparezca casi escultórico. He intentado recrear exactamente esa situación en mi propio estudio, trabajando con luz natural o utilizando fuentes artificiales de tal manera que se genere una serenidad semejante.

Para mí, este tipo de experimentos histórico-artísticos no son una simple cita. Son una forma de aprendizaje. Una manera de pensarme dentro del lenguaje visual de otro artista. Una forma de comprender a través de la práctica. Y no es algo que haga solo con Fleischmann. Trabajo deliberadamente de esta manera con varios grandes fotógrafos del siglo XX. Estudio su estilo, su iluminación, su composición, su relación con el cuerpo, e intento reconstruir fotográficamente ciertos elementos — no para copiarlos, sino para comprenderlos de verdad. Para mí, esto constituye una forma de estudio tanto técnico como artístico. Paradójicamente, es precisamente al atravesar conscientemente el estilo de otro cuando el propio se afina. Uno descubre qué pertenece realmente a la propia mirada — y qué no. A menudo, la propia firma visual aparece justo en el intento de comprender la ajena.

Por eso fue completamente natural para mí elegir a Trude Fleischmann como una de las tres fotógrafas ficticias de mi proyecto Protrahere. No es casual que haya puesto también en sus manos a la protagonista imaginaria de esta serie. Junto a las demás posiciones fotográficas que estructuran el proyecto, Fleischmann era para mí indispensable. No aparece simplemente como referencia, sino como una actitud fotográfica muy concreta: elegancia, profundidad psicológica y una luz que no desnuda al ser humano, sino que lo hace visible.

Otro aspecto que encuentro sumamente fascinante desde el punto de vista histórico y cultural es la reacción social que provocó su fotografía de desnudo. Me parece especialmente interesante que la condena pública — por ejemplo, la disolución de su exposición en Berlín debido a los desnudos mostrados — terminara proporcionándole precisamente la atención que hizo visible su obra más allá de un círculo reducido. Es casi paradójico. El rechazo se convirtió en amplificador.

Y al mismo tiempo aparece aquí algo que sigue ocupándome hasta hoy: cualquiera que se acerque seriamente a Trude Fleischmann encontrará extraña la idea de que ella hubiera sexualizado a sus modelos. En sus imágenes hay una gran serenidad, dignidad e inteligencia fotográfica. La sexualización parece no provenir de la fotógrafa, sino más bien de quienes señalaban las imágenes y gritaban, en sentido figurado, “¡pornografía!” o “¡escándalo!”.

Quizá ese sea precisamente uno de los motivos por los que Fleischmann me interesa tanto. Demuestra que el trabajo fotográfico con el cuerpo siempre posee también una dimensión cultural y social.

Tal vez merezca la pena echar una breve mirada a la persona detrás de las imágenes. Trude Fleischmann nació en Viena en 1895 y, a mi juicio, sigue siendo una de las fotógrafas más importantes de principios del siglo XX. Recibió su formación en la Graphische Lehr- und Versuchsanstalt de Viena, trabajó en el entorno de Madame d’Ora y ya en 1920, con solo veinticinco años, abrió su propio estudio cerca del Ayuntamiento de Viena. Allí retrató a numerosas figuras del arte, el teatro, la música y la vida intelectual. Sus imágenes reflejan con gran claridad la densidad cultural de la Viena de entreguerras, algo que, naturalmente, me interpela de manera especial como artista vienés.

Me impresiona especialmente el hecho de que lograra imponerse en un entorno profesional claramente dominado por hombres, desarrollando al mismo tiempo un lenguaje visual absolutamente propio. Las fotografías de Claire Bauroff, sus retratos de artistas e intelectuales y, más tarde, su trabajo en el exilio en Nueva York muestran, para mí, una coherencia extraordinaria. Tras el Anschluss de 1938, como mujer judía, se vio obligada a abandonar Austria, emigró finalmente a Estados Unidos y allí construyó una segunda vida fotográfica. También esta fractura biográfica forma parte, para mí, de la comprensión de su obra.

Una breve pero importante nota final: he decidido conscientemente no reproducir aquí ninguna de sus fotografías. Las obras de Trude Fleischmann todavía no son de dominio público y, según la legislación actual, seguirán protegidas hasta finales de 2060. Precisamente por ello, para mí es importante trabajar aquí de manera limpia y respetuosa. Quien desee formarse una impresión propia, no puedo sino recomendar la búsqueda de “Trude Fleischmann Claire Bauroff Aktstudie II circa 1925”. La imagen se encuentra fácilmente con una simple búsqueda en Google y sigue siendo, para mí, una de las obras fotográficas más impresionantes de su época.

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