Sobre la fotografía, el arte y la pérdida de la mirada

Vivimos en una época en la que las imágenes están en todas partes y, sin embargo, el verdadero acto de ver se ha vuelto más raro. Nunca antes el mundo había sido tan visible, y nunca antes había sido contemplado de manera tan fugaz. Tal vez hoy el arte comience precisamente allí donde una imagen interrumpe el flujo de lo pasajero y obliga a la mirada a permanecer más tiempo del que nuestro presente parece tolerar.
La pregunta de si la fotografía es arte pertenece a esas preguntas que, a primera vista, parecen sencillas y que, al observarlas con mayor detenimiento, terminan perdiendo su propio fundamento. Presupone que sabemos qué es el arte. Y ahí reside ya el primer error. No existe un único concepto de arte, eterno y válido para todas las épocas y todos los contextos. Existen conceptos de arte, en plural: históricos, sociales, institucionales, filosóficos, económicos y, no menos importante, subjetivos. Quien pregunta si la fotografía es arte formula a menudo, quizá sin darse cuenta, una pregunta cuyo suelo ya se ha desvanecido.
Tal vez, entonces, la verdadera pregunta sea otra: ¿qué ha sido de nuestra mirada?
Porque mientras el debate sobre si la fotografía puede considerarse arte reaparece una y otra vez con la persistencia de un herpes recurrente, algo mucho más fundamental ha cambiado: la manera en que vemos.
Hoy se producen miles de millones de imágenes cada día. Casi todo el mundo lleva consigo una cámara integrada en un dispositivo que es al mismo tiempo medio de comunicación, archivo, escenario, espejo y mercado. La democratización técnica de la fotografía está completa. Nunca ha sido tan fácil producir una imagen. Nunca ha sido tan difícil ver de verdad.
Esto no es una lamentación culturalmente pesimista. Es una constatación. La fotografía ha pasado de ser un acontecimiento excepcional a convertirse en un ruido de fondo permanente. Antes, la imagen era la excepción; hoy es el entorno. Y todo entorno moldea la percepción.
Del oficio al arte
La palabra alemana Kunst lleva ya su origen dentro de sí. Está relacionada con el verbo können, es decir, ser capaz, saber hacer. En su raíz más profunda remite al conocimiento, a la comprensión y a la capacidad. En su sentido original, el arte no designaba en primer lugar la obra estética, sino un saber consciente, una habilidad aprendida, una capacidad basada en la comprensión y el dominio.
Desde esta comprensión más antigua, la pregunta de si la fotografía puede ser arte resulta casi absurda. Por supuesto que la fotografía es arte, siempre que presuponga dominio técnico.
Y sin embargo, precisamente aquí comienza la reducción.
Una vez un fotógrafo aficionado me dijo que la fotografía no podía ser arte, porque dependía simplemente de captar el momento adecuado.
Simplemente.
Una palabra notable.
Como si el instante fuese producto del azar. Como si cayera como una hoja del árbol directamente en las manos del fotógrafo. Mi experiencia es completamente distinta. Una imagen suele comenzar meses antes del disparo. Empieza con una idea, con un pensamiento que todavía no puede formularse por completo, con una imagen interior que al principio solo aparece como atmósfera. Después comienza un proceso de maduración. Se van acumulando temas: literatura, arquitectura, observación social, memoria, tradiciones visuales históricas, formas arquetípicas.
Un ciclo no nace en el estudio. Nace en el pensamiento.
Después viene la concepción: la construcción de la luz, el espacio, los fondos, los ejes del cuerpo, la expresión, las instrucciones a la modelo, la dirección de la mirada, la superposición simbólica, la pose, la tensión entre visibilidad y retirada.
Y solo cuando todo eso está ya presente, cuando la estructura de la imagen ha sido preparada, llega ese famoso “instante correcto”. Pero incluso ese momento todavía no es la obra terminada.
Después comienza a menudo otro proceso artístico que puede durar horas: la postproducción. Valores tonales, contrastes, grano, dirección de la luz, aclarados y densificaciones locales, el tratamiento preciso de las sombras, cada decisión en el dodge & burn, cada curva, cada recorte y cada matiz de la tonalidad final son decisiones estéticas conscientes.
La postproducción no es corrección.
Es parte integral del proceso artístico.
El instante nunca es el origen.
Es la culminación.
Quien lo contempla aislado confunde la cima con la montaña.
La industrialización de la mirada
La magnitud de este cambio es difícil de sobrestimar. Hoy, en cuestión de minutos, se crean más imágenes que en todo el siglo XIX. En pocos días se producen más fotografías que las que antes pertenecían a épocas fotográficas enteras. La producción de imágenes ha crecido de forma exponencial, mientras que el tiempo que les concedemos casi se ha derrumbado.
El smartphone no solo ha cambiado la disponibilidad de las imágenes. Ha cambiado nuestros hábitos visuales. Esa es la verdadera fractura cultural. No es el dispositivo en sí lo decisivo, sino el ritmo que impone a nuestra mirada.
Ya no miramos.
Escaneamos.
No permanecemos.
Deslizamos.
El tiempo de observación de una imagen en plataformas como Instagram suele medirse en segundos, a veces incluso menos. Una imagen ya no se contempla: simplemente pasa. Y este cambio es profundo. Porque la percepción es siempre también una función del tiempo. Una imagen que recibe solo un segundo de atención no se lee. Solo se registra.
Esto vale aún más para obras construidas sobre capas, simbolismo, espacios de sombra y revelación lenta. Muchas obras fotográficas comienzan a hablar solo después de varios segundos. Una sombra se abre. Una forma se vuelve legible solo a segunda vista. Un cuerpo deja de ser simplemente cuerpo y se convierte en signo. Una línea se vuelve arquitectura.
En la lógica del desplazamiento continuo no hay espacio para esto.
El smartphone ha convertido la mirada en un gesto motor.
Deslizar es lo opuesto a permanecer.
El contexto como parte de la obra
Un famoso experimento demuestra hasta qué punto la percepción depende del contexto.
Un violinista de fama mundial interpretó de forma anónima obras de enorme exigencia técnica y artística en una estación de metro. Apenas nadie se detuvo. En la sala de conciertos, la gente paga grandes sumas por escucharlo.
La música no había cambiado.
El contexto sí.
Lo mismo sucede con la fotografía.
Una imagen en la pantalla del móvil, una imagen en un feed, una imagen como copia baryta de gran formato en una galería: no son simplemente formas distintas de presentación.
Son espacios de percepción diferentes.
Una obra nunca existe de forma aislada.
Vive en la interacción entre lugar, material, marco, luz, contexto y expectativa.
Eso no es una debilidad del arte.
Forma parte de su realidad.
La pregunta equivocada
Quizá, por tanto, la pregunta inicial está mal formulada.
No: ¿es la fotografía arte?
Sino: ¿qué esperamos del arte?
¿Singularidad? ¿Idea? ¿Oficio? ¿Reconocimiento institucional? ¿Valor de mercado? ¿Contemplación lenta? ¿Perturbación? ¿Reflejo de las condiciones sociales?
Si el arte es un espacio en el que la percepción se condensa, se ralentiza, se afila o incluso se incomoda, entonces la fotografía no solo es capaz de ello: está particularmente predispuesta para ello. Precisamente porque opera en la frontera entre realidad y construcción. Precisamente porque une la pretensión documental con la libertad del pensamiento. Precisamente porque es omnipresente en nuestro tiempo.
Tal vez el verdadero desafío hoy no consista en legitimar la fotografía como arte. Tal vez consista en devolver profundidad al acto de ver. Porque en un mundo de imágenes permanentes, el problema no es la producción.
El problema es la velocidad de la mirada.
Quizá el arte comienza allí donde una imagen nos obliga a permanecer más tiempo del que el ritmo del presente prevé. Allí donde fracasa el gesto de deslizar. Allí donde el registro fugaz vuelve a convertirse en visión.
Ahí, para mí, comienza la fotografía.
Y quizá también el arte.
