Hay temas con los que uno se encuentra y piensa: interesante. Hay otros ante los que uno se detiene un momento, toma una nota y después los archiva con toda fiabilidad en ese depósito mental donde aproximadamente otras cuarenta y siete ideas para nuevas series fotográficas esperan ya su resurrección. Y luego están aquellos temas ante los que resulta claro, casi en el mismo instante, que hay que fotografiarlos.
“Free Hands” pertenecía a la tercera categoría.
Desde hace algún tiempo presento mi trabajo a distintos open calls. Es un capítulo propio, y en ocasiones ligeramente absurdo, del trabajo artístico. Uno se ocupa de temas, plazos, tamaños de archivo, biografías de artista y de esa notable forma de arte que consiste en reducir la propia obra a un número predeterminado de caracteres. Después se cargan los documentos y se entregan a esa combinación de decisión del jurado, azar y humildad estadística que exige el procedimiento.
A pesar de ello, considero útiles estas convocatorias. No solo por la ciertamente modesta probabilidad de ser seleccionado. Obligan a examinar el propio trabajo, a formular las series con mayor claridad y, de vez en cuando, a responder a temas que se encuentran fuera del repertorio de ideas ya existente.
Fue a través de una de estas convocatorias como encontré el tema “Free Hands”. La expresión era lo bastante amplia como para permitir interpretaciones muy distintas y, al mismo tiempo, lo bastante precisa como para que las imágenes surgieran de inmediato. Las manos son herramientas, signos, expresión y acción. Escriben, protegen, exigen, rechazan, sostienen, tocan, cubren y atan. Pueden liberar y retener, ayudar y herir, ejercer poder y establecer límites. Probablemente no haya ninguna otra parte del cuerpo humano que sea a la vez tan cotidiana y esté tan intensamente cargada de significado.
Naturalmente, podría haber elegido una serie ya existente y explicar de manera convincente en el texto de acompañamiento por qué en realidad siempre había tratado sobre manos libres. Con suficiente texto, casi cualquier obra puede relacionarse con casi cualquier tema. Una imagen con un brazo levantado se convierte entonces en un acto de autodeterminación, un rostro oculto en una resistencia frente a las atribuciones sociales, y dos manos dentro del encuadre ya demuestran casi cualquier cosa.
Ni siquiera habría sido necesariamente falso. Simplemente, no era eso lo que me interesaba de la convocatoria. No quería superponer retrospectivamente el tema a un trabajo ya existente. Quería interpretarlo de verdad.
Así comenzó Manus Liberae.
No solo las manos
Al principio solo había una cosa clara: las manos debían ser las verdaderas protagonistas. No debían aparecer en la imagen como elementos decorativos ni limitarse a completar una pose. Cada gesto debía ser una acción. La mano debía escribir, llamar, rechazar, buscar, borrar, sostener, tocar, ordenar, cubrir, atar y dar testimonio.
De ahí surgió enseguida la siguiente pregunta: ¿bastaría el gesto por sí solo?
Una mano situada delante del cuerpo puede proteger o rechazar. Puede expresar vergüenza, reserva, miedo, control o simplemente la incertidumbre sobre dónde colocarla durante una fotografía. Una mano levantada puede ordenar, prestar juramento, saludar, bendecir o llamar al camarero. Los gestos son poderosos, pero rara vez unívocos.
Precisamente esa ambigüedad me interesaba. Al mismo tiempo, quería dar a la serie una estructura lingüística, no como explicación debajo de la imagen, sino como parte integrante del propio cuerpo.
Así nació la idea de asignar a cada fotografía un verbo latino en primera persona: scribo — escribo; voco — llamo; nego — rechazo; peto — busco o exijo; deleo — borro; teneo — sostengo; tango — toco; iubeo — ordeno; tego — cubro o protejo; ligo — ato; testor — doy testimonio.
La primera persona era esencial. La acción no se describe desde fuera. No es “ella escribe”, “ella rechaza” o “ella es atada”. La figura habla por sí misma: escribo. Llamo. Rechazo. Actúo.
El cuerpo no se convierte así en una superficie pasiva de proyección, sino en portador de su propia afirmación.
Solo gesto o también escritura
Durante mucho tiempo no había decidido si las manos y sus gestos bastarían por sí solos. Una solución exclusivamente corporal habría podido ser muy reducida: cuerpo, manos, mirada y luz, nada más. Precisamente porque los gestos son tan ambiguos, esa posibilidad tenía su propio atractivo.
Al final, sin embargo, elegí la escritura. No debía explicar las imágenes como una leyenda, sino situar explícitamente la acción correspondiente en primera persona. La palabra señala una dirección, mientras que la postura, la mirada y las manos amplían, confirman o cuestionan su significado.
La luz se mantiene severa a lo largo de toda la serie y modela el cuerpo y el gesto. Aquí, sin embargo, no asume el papel de un signo autónomo. Ese papel corresponde a la escritura. Palabra, cuerpo y acción forman juntos la afirmación, sin determinarse por completo entre sí.
Esto era importante para mí. Las fotografías no debían convertirse en ilustraciones de vocabulario latino. Ligo no es simplemente la imagen correspondiente a la entrada de diccionario “ato”. Tego no explica el acto de cubrir como lo haría un manual. La palabra abre un campo de significado, el gesto le da forma y la expresión de la persona representada puede modificarlo una vez más.
En teneo, sostener puede significar protección, pero también aferrarse a algo que ya debería haberse soltado hace tiempo. Tego puede significar cubrir, proteger, ocultar o negar el acceso. Deleo habla de borrar y, sin embargo, la escritura permanece visible. En ligo, el propio cabello de la modelo se convierte en el vínculo que ella misma aprieta alrededor de su cuello. La mano ata y, al mismo tiempo, sufre por lo que hace.
Las manos libres, evidentemente, no son automáticamente manos inofensivas.
¿Por qué Bastarda?
Una vez tomada la decisión a favor de la escritura, surgió la siguiente pregunta, nada secundaria: ¿qué grafía?
Una tipografía moderna y limpia habría sido fácilmente legible. Pero también habría dado la impresión de un diseño gráfico aplicado posteriormente al cuerpo. Una Capitalis Rustica habría transmitido una clara severidad clásica, aunque quizá habría resultado demasiado ordenada y monumental para esta serie. La Kurrent habría introducido una dimensión privada, casi biográfica. La Cancellaresca, por su parte, habría producido un movimiento elegante y humanista.
Elegí la Bastarda.
Esta escritura histórica se sitúa entre formas quebradas y cursivas, entre orden y movimiento, entre efecto representativo e inmediatez manuscrita. Sus letras poseen algo enérgico y, por momentos, resistente. Es decorativa sin resultar complaciente, y su propio ductus contiene ya una cierta tensión.
Eso encajaba con las imágenes.
La escritura no debía apoyarse sobre el cuerpo como una etiqueta. Debía fundirse con él, seguir sus curvas, deformarse, desaparecer en algunos lugares y reaparecer en otros. Al fin y al cabo, el cuerpo no es una hoja de papel, aunque en condiciones de estudio a veces tenga que comportarse con una paciencia semejante. Costillas, músculos, tensión de la piel y movimiento modifican cada letra. Lo que sobre una superficie plana sería fácilmente legible, sobre el cuerpo se vuelve quebrado, estirado o fragmentado.
Para mí, esta es una parte esencial del trabajo. La escritura no se transfiere simplemente. Se vuelve física.
Susi
El hecho de que la serie pudiera adoptar esta forma se debe en gran medida a Susi, con quien trabajé por primera vez precisamente en este proyecto.
Un modelo nuevo siempre implica un cierto riesgo. Se pueden describir conceptos, mostrar referencias y hablar de expresión, tensión corporal y luz. Pero solo en el estudio se descubre si realmente surgirá un lenguaje visual compartido. Una persona puede posar con gran habilidad técnica y, aun así, no ser adecuada para el tema. A la inversa, alguien con poca experiencia en el modelaje convencional puede desarrollar de repente exactamente la presencia que requiere una imagen.
Con Susi quedó claro muy pronto que no se limitaría a ejecutar las acciones. Las comprendía.
Es una diferencia considerable.
Susi posee formación profesional como actriz, y eso resulta extraordinariamente valioso para mi trabajo. Una persona formada en interpretación no piensa únicamente en cómo se ve una pose, sino en el impulso interior del que nace un movimiento. Una mano levantada deja entonces de ser una mera disposición formal de brazo y dedos. Se convierte en una orden, un juramento, un rechazo o una llamada, porque todo el cuerpo participa en la acción.
Esto es decisivo dentro de un lenguaje visual reducido. Cuando faltan objetos, vestuario y contexto narrativo, queda muy poco detrás de lo cual esconderse. Una mínima variación de la mirada, de la tensión muscular o de la postura puede determinar si una imagen resulta creíble o simplemente posada.
Para esta serie no necesitaba una sucesión armoniosa de poses elegantes. Necesitaba resistencia, concentración, autoridad, vulnerabilidad, tensión y, en ocasiones, una incomodidad física que siguiera siendo perceptible en la fotografía. Las manos debían hacer realmente algo y todo el cuerpo debía reaccionar a esa acción.
Susi aportó no solo experiencia, sino también un sentido de la expresión muy desarrollado. Su formación actoral no se manifestaba en una teatralidad exagerada, sino en la capacidad de dar a un gesto una motivación interior. En Nego, no son solo las manos levantadas las que rechazan: es la mirada la que establece el límite. En Iubeo, la autoridad no nace de un vestuario ni de una insignia de poder, sino de la postura y de la presencia. En Ligo, la acción se vuelve físicamente incómoda sin reducirse a una mera representación del dolor. En Testor, la mano levantada en gesto de juramento y la mano colocada sobre el pecho bastan para transformar una pose en una declaración solemne.
Se entregó a una forma de trabajo que no era ni cómoda ni rutinaria. La escritura debía aplicarse, la posición del cuerpo ajustarse a la luz y las manos y los brazos debían mantenerse a menudo bajo tensión durante un tiempo prolongado. Algunas posiciones funcionan muy bien como movimientos fugaces, pero pierden fuerza en el momento en que deben sostenerse frente a la cámara. Otras parecen inicialmente poco espectaculares y solo desarrollan su efecto bajo la luz.
Susi fue capaz de ambas cosas: mantener la precisión corporal y conservar viva la expresión.
Eso es raro y, para mi manera de fotografiar, especialmente valioso.
El cuerpo sin vestuario
Como en muchos de mis trabajos, también en Manus Liberae el cuerpo desnudo no es un instrumento de seducción. Es, más bien, un cuerpo sin vestuario.
La ropa habría situado inmediatamente las imágenes en un contexto social e histórico determinado. Un vestido, una camisa, un uniforme o incluso una tela aparentemente neutra llevan consigo roles, épocas y atribuciones sociales. El cuerpo desnudo retira esas señales. Se convierte en una superficie para la luz, la escritura y la acción.
Esto no significa que sea neutral. Los cuerpos nunca son neutrales. Llevan consigo edad, experiencia, vulnerabilidad, fuerza e historia. Pero en estas imágenes no cargan con ningún papel adicional que les haya sido asignado mediante un vestuario.
La escritura, en cierto modo, sustituye a la ropa. No señala el estatus social de la figura, sino su acción.
Una serie para un open call — y más allá
Manus Liberae nació a partir de un open call. No lo oculto y tampoco lo considero un defecto. Las obras artísticas no tienen que surgir siempre de una revelación nocturna, preferiblemente acompañada de lluvia torrencial y de una crisis existencial. A veces una serie comienza sencillamente con un tema, un plazo y la pregunta de si uno tiene realmente algo propio que decir al respecto.
Lo importante es lo que surge de ello.
No quería adaptar retóricamente un trabajo ya existente. Quería descubrir qué podían significar las “manos libres” dentro de mi propio lenguaje visual. Esto me condujo a los verbos latinos, a la escritura histórica, a una luz severa y a un cuerpo que es al mismo tiempo portador, voz y lugar de la acción.
Que la serie sea seleccionada o no para el open call ya no está en mis manos. Probablemente sea la última pequeña ironía de este proyecto.
Las imágenes, en cambio, permanecen.
Y quizá esa sea, de todos modos, la forma más fiable de libertad.
